Ayer pensaba en la cantidad de gente vulnerable que vota a partidos que acaban de tumbar las medidas que la protegen: los Reales Decretos-ley. Hoy leo que la mayoría de esos mismos votantes apoyaba tales decretos porque veían necesario regular los alquileres, acabar con los desahucios y controlar la especulación que también les afecta.
Es el mismo laberinto en el que anda metido Donald Trump durante todo este año: abanderando propuestas para echar a los fondos de Wall Street del mercado residencial mientras se agarra pataletas porque el Congreso le planta cara con leyes sobre vivienda que él se niega a firmar.
Me vienen entonces a la memoria aquellos hispanos que hicieron campaña por él y que luego acabaron deportados. Si ambos fenómenos no son del todo comparables, sí lo son sus consecuencias: personas que se convierten en víctimas de su propia obstinación y de su tribalismo.
¿Cómo se vota contra los propios intereses? Creo que casi nunca por ignorancia. Se vota por identidad, y la identidad no compite con lo que interesa realmente. Se vota una creencia, una idea, un sentimiento que se ha apoderado de la mente.
Y no es cosa de una sola orilla. En el lado “contrario” -apena tener que definirlo así- encuentro lo mismo con otro disfraz: la convicción ciega de tener los ideales verdaderos. Y ahí está la urgencia -no la prisa- que nace de una necesidad real, de aquello que es preciso defender y que considero necesario para construir una sociedad sana, digna y que aspire a la felicidad. Porque mientras la prisa se alía a la propaganda, la urgencia lo hace con la justicia.
Pero no oses hacer crítica, porque se vive como una agresión. Al líder se le encumbra y cualquier discrepancia se asume como un ataque personal.
¿Desde cuándo ser exigente con los proyectos con los que simpatizas es ilegítimo?
Me niego a que me vendan la moto con discursos ensayados para tapar los fallos.
Exijo la honestidad de que me traten como a una adulta que piensa por sí misma, no como a alguien a quien se puede distraer con retórica.
Poner el listón alto es lo único que me proporciona tranquilidad personal; porque me permite ir a votar convencida, sabiendo que no me conformo con cualquiera que hable bien.
Es una cuestión de dignidad como ciudadana y como persona pedir cuentas claras a quien pretende dirigir las cosas.
A eso lo llamo exigencia: coherencia, transparencia, sinceridad y honestidad. No quiero verborrea que me envuelva entre palabras para taparme la boca.
Porque una fe sólo sabe reafirmarse. En cambio, un proyecto de bienestar y de reparto de la riqueza debe corregirse con la evidencia; por eso mismo exige mayores cotas de sinceridad y de honestidad.
A veces me siento un poco Erasmo, aunque salvando muchísimas distancias y con una diferencia clave: él estaba en el centro y yo no. Me cansa la mediocridad ética de todos los partidos, las medias tintas de sus dirigentes, los cuentos, lo que omiten y ocultan... los escudos de sus militantes y la fe ciega de sus votantes: siempre en guerra ideológica, sin apenas diálogo, menospreciando la acción constructiva y poniendo en peligro el avance.
Ni dios ni amo, tampoco los míos.
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Imagen: uso libre
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