Llevo días intentando establecer algún orden ante el sindiós que ha aterrizado en las redes a cuenta de la fragmentación del progresismo. Los debates se multiplican. Y las consignas. Y los rezos políticos.
Cuando cierro la máquina me quedo sentada ante una pantalla gris, fría y muda, que apenas refleja lo que tengo a mi espalda, y me ronda una idea, o una metáfora, sobre la raíz de tanto ruido: este cerebro que todavía nos queda grande.
Biológicamente, la corteza prefrontal —la encargada del pensamiento abstracto, la planificación a largo plazo, la empatía proyectada y el autocontrol— es una de las estructuras evolutivamente más recientes. En cambio, las estructuras subcorticales y el sistema límbico llevan millones de años consolidados, y están orientados a la supervivencia inmediata, la reacción rápida frente a amenazas y el beneficio a corto plazo. La distinción es un esquema, no un muro: razón y emoción trabajan en red. Todo esto lo explica muy bien el libro conjunto de Arsuaga y Millás, La vida contada por un sapiens a un neandertal.
Busco la perspectiva. Siempre. Y me lo facilita vivir en el campo. Porque proyectarse fuera del presente requiere un esfuerzo cognitivo consciente que consume mucha energía. Para las personas atrapadas en las exigencias del día a día, o moldeadas por entornos que premian la inmediatez, resulta sumamente difícil adoptar esa perspectiva histórica o cósmica. Probablemente son la gran mayoría. Sin duda, seguimos operando con un software antiguo, heredado de grupos pequeños de supervivencia, en un mundo con potencia tecnológica exponencial.
La ciencia no deja de recordárnoslo: las especies y los sistemas no son estáticos sino dinámicos; si no se actualizan, se extinguen.
Y entonces me asalta la duda.
Me pregunto si el ritmo de actualización de nuestra cultura, conciencia y estructuras de poder podrá acelerarse lo suficiente para ponerse a la par con el impacto destructivo de nuestra tecnología, y si esta "actualización" en la capacidad de abstracción y previsión de la humanidad puede lograrse mediante la educación y la evolución cultural.
Y no todo es biología: también hay instituciones, incentivos y propaganda que explotan ese desajuste en su beneficio.
¿Quizá nos estamos topando con un límite biológico que solo podremos superar si la humanidad decide intervenir sobre sí misma, como ya ha intervenido sobre tantos otros límites?
Me suena de maravilla: la Humanidad como sujeto de su propia transformación ética.
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Imagen: Uso Libre

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