11 oct 2026

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Quince años después, en otro momento crítico, la balanza de la dignidad vuelve a equilibrarse. Es decir, la autoridad del cuidado y la solidaridad regresa a las plazas. Hubo un tiempo en que las plazas se llenaron de personas comprometidas que no se conocían y que, sin embargo, sabían exactamente lo que tenían que hacer: cooperar.

No había líderes, ni siglas, ni un plan maestro. Había una certeza: la dignidad no se negocia. Porque la dignidad no es una moda pasajera, sino el eco de algo muy antiguo.

Algunos llevan años diciendo que la Acampada del 15M murió. Que había sido una ilusión o un espejismo de juventud, y los profesionales del cinismo lo dieron por enterrado. Incluso arrancaron su recuerdo. Y los burócratas de la resignación, los apresurados y los desencantados lo archivaron junto con las causas perdidas.

Nos quieren anestesiados, cansados, como si la indignación fuera una enfermedad infantil que se cura con el tiempo.


Pero olvidan un detalle. El deseo de justicia no es una marca registrada. No pertenece a ningún partido. Y la libertad no se decreta desde arriba, es innegociable; es algo a lo que ningún animal, humano y no humano, renunciará nunca.

La libertad no es una construcción cultural. Es un imperativo biológico y una cuestión de principios que no se ventila a golpe de talonario. Si intentasen forzar el silencio alrededor de esta "obra" solidaria, sería, una vez más, un burdo intento de confundir lo verdadero con lo falso. Y la libertad no se presta a ese juego.

Cooperar y compartir: lo llevamos en el ADN, como también lo llevaban los neandertales cuando decidían cuidar a sus enfermos, o como lo llevaban los primeros grupos humanos cuando elegían compartir la carne, quizá sin detenerse a vitorear a quien con cuya flecha había dado en el blanco.

Quince años después, la Puerta del Sol vuelve a llenarse de tiendas de campaña. Vuelve a hervir de solidaridad. Hoy el pretexto es otro —la especulación, el alquiler imposible, el derecho a un techo—. Es como si una nueva "primavera" se instalase en pleno otoño. El ADN es el mismo: la certeza de que hay cosas que no se negocian. La dignidad del vulnerable. La memoria de que, cuando la vida se pone difícil, el sectarismo se desmorona por su propio peso.

Los mínimos amplios no se decretan. Brotan. Como brota el cuidado cuando alguien se queda atrás. Como lo hace la cooperación cuando el peligro es común. Como surge la ética cuando alguien se atreve a decir "esto no debería ser así".

A quienes decretaron nuestra muerte cerebral les conviene saber que la solidaridad no es un animal doméstico, pues no se deja encerrar en un despacho. Por el contrario, es un ser persuasivo y tenaz que nunca aprende a rendirse. Vuelve. Siempre vuelve, allí donde la decencia convoque.

Nos vemos en las plazas.

Buenas tardes, tripulantes.

#palestina
#DerechosHumanos
#26s
#HaciaLasEstrellas

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