Imaginamos desde lo que conocemos porque, sencillamente, no tenemos otra forma de hacerlo.
Es una limitación humana, casi biológica. Por eso, casi todas las utopías arrastran el mismo pecado original: empiezan quitando lo que duele.
Roddenberry expulsó el dinero de su Federación de Planetas; otros borran las clases sociales a golpe de decreto, y casi todos intentan extirpar aquello que, bajo el nombre que sea, saca las tripas a la gente y desangra al planeta. Es una tentación antigua, ingenua y comprensible.
Y es que nos reconforta pensar que el futuro solo puede escribirse sobre un lienzo en blanco, limpios de toda culpa.
Pero si estamos condenados a imaginar solo desde lo conocido, hagamos el esfuerzo de mirar entero lo que somos. No nos quedemos solo en la herida.
Hay otra forma de construir el mañana: no mutilando nuestra historia, sino eligiendo. No una utopía por sustracción, sino por curaduría.
Una utopía que sepa abrazar.
Imaginemos la Tierra como un inmenso archivo de soluciones vivas. Cada especie, cada cultura tozuda, ha ensayado una manera de sobrevivir, de cooperar, de no matarse. Los bonobos calman sus disputas con sexo y abrazos; entre los elefantes, las crías se crían en una trinchera de ternura compartida por varias hembras; los cetáceos cazan en grupo, cuidándose la espalda.
La naturaleza lleva millones de años respondiendo a la crueldad del entorno con solidaridad, y el ser humano, a su manera caótica, también lo ha hecho. No existe un modelo único ni correcto.
Lo que hay es un canto coral, un eco desesperado y precioso donde cada voz aporta lo mejor que ha logrado salvar del naufragio.
Sé perfectamente cuál es la pregunta incómoda: ¿quién se arroga el derecho a elegir?
Toda selección exige un criterio, y decidir qué es lo «más ético» presupone ya una moral previa con la que medir al resto.
No hay una salida limpia de ese laberinto, y prefiero mirarla de frente antes que camuflarla entre bonitas palabras.
Lo que sí nos queda es una manera digna de habitar esa contradicción: que el criterio no lo fije ningún comité sagrado ni ningún hombre providencial. Que se someta a prueba sin descanso, a pie de calle. Que cada solución se juzgue únicamente por sus efectos -a quién alivia el dolor, a quién le cuesta el esfuerzo- y nunca por el apellido de quien la propone.
Que cualquiera pueda alzar la mano para preguntar y que ninguna respuesta tenga la arrogancia de creerse definitiva.
La curaduría que imagino no es un cargo público ni un museo con un ujier en la puerta. Es un ejercicio de modestia: dudar juntos, tener el coraje de cambiar de parecer cuando la realidad nos da un bofetón en la cara.
Hay, además, un nudo áspero en el camino: este canto compartido exige que cada tradición suelte el lastre de lo que ya no sirve, y ahí es donde nos rompemos los dientes.
Las instituciones, exactamente igual que las personas, se aferran con uñas y dientes a lo que conocen: la Iglesia, los Estados, las viejas ideologías.
Y no es solo terquedad o maldad. Es puro pánico.
Porque, un sistema que se examina de verdad corre el riesgo de descubrir que ya no hace falta, que está de más.
¿Cómo convences a una estructura de poder de que su verdadera supervivencia depende de su capacidad para criticarse a sí misma?
Quizá la única respuesta honesta esté en el gradualismo: evolucionar con paciencia en lugar de dinamitarlo todo.
Aprender ética con las manos en la masa, mirando qué funciona, y teniendo la valentía de revisar qué demonios entendemos hoy por «funcionar». Como el "webmind" de Robert J. Sawyer, esa inteligencia que emerge de la red y aprende a ser humana sobre la marcha, equivocándose y rectificando.
Al final, es una cuestión de dirección. Quizá el primer paso, el más valiente y el más compasivo, sea dejar de preguntarnos qué cabeza debemos cortar o qué estructura eliminar, para empezar a mirarnos a los ojos y preguntarnos qué merece la pena salvar.
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Imagen: Uso libre
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