29 sept 2026

Delirio colectivo

 



Amanece sobre el alambre.
No importa la herida que se abre en el mundo. Porque la luz siempre aterriza con la misma indiferencia, ignorando las cicatrices que los humanos grabamos en la tierra.
El Sol regresa y vuelve a replicar el espacio que envuelve ese límite: una frontera poseída por los mismos alrededores.

Al otro lado hay menores de edad. No son soldados. Ni son sombras en el muro. Tampoco, el fantasma que acecha en los discursos. Son niños que han caminado y nadado, que han dejado atrás a sus familias, que han cruzado desiertos de arena y agua para llegar aquí, hasta las puertas de su promesa.

Pero se han encontrado dentro de un paréntesis del tiempo.
Y encuentran el rechazo de los que están al otro lado, con un discurso exaltado y anegado de la irracionalidad que convierte al recién llegado en un virus, en un error del sistema. Cuando los españoles aún olemos a emigración y nuestra conciencia todavía excava en el nicho donde se guardan esos recuerdos.

En un instante, los convenientes discursos y su prensa convierten al otro en un número de expediente, en una mancha en el balance, en un problema que resolver por medio de un barbitúrico o con una patada administrativa.

Es como una guerra fabricada con olvido. No mata de un golpe; lo hace por goteo. Sus raíces son el hambre y la huida. El azar del nacimiento. Y al esconderlo, regamos la tierra con veneno.

La ética humana, desde la más ancestral hasta la futura, no puede ser un mapa dibujado sobre nada. Traza una ruta de lo que debería ser, que se recorre a pie y que el corazón humano ha ido trasladando a lo largo de los milenios. Es un túnel del tiempo por donde transita una humanidad abierta y valiente.
Porque no se puede juzgar a una persona sin juzgar también la tierra que la ha parido.

Una sociedad que adora el yo, que confunde la propiedad con la virtud, que mide el valor de un ser humano por lo que tiene y no por lo que es, es una sociedad que envenena hasta el último rincón del alma. Convierte la mentira en moneda corriente, la violencia en rutina, el exterminio en trámite.

Me pregunto qué late en el pecho de quien ha crecido en un mundo que aplaude la desigualdad, que premia la indiferencia, que educa en el miedo al distinto.
Ante la falta de una respuesta deberíamos admitir que la educación ha fallado. Por diseño. Porque no enseña adecuadamente a cuestionar, a sentir el frío del otro o a reconocerle en el propio reflejo.
No es educación: es domesticación. Y siempre sirve a los mismos amos, que pretenden una valla de alambre infranqueable, que el miedo sea un muro y que la compasión se confunda con debilidad.

Pero existe una memoria que recuerda que la compasión no es un lujo, sino un acto de rebeldía. Que la dignidad no se negocia. Que la humanidad no se pesa en una balanza, ni se mide por el color de la piel, el lugar de nacimiento o el grosor de la cartera.
Hablo de la memoria como resistencia.
Y de la compasión, como un puñal que reabre las heridas para limpiarlas de ponzoña.

La responsabilidad es de todos.
Porque el poder que actúa como verdugo nunca ha construido nada que valga la pena. El futuro se escribe ahora, en cada mirada, en cada palabra, en cada decisión de no apartar los ojos.
Esa alambrada es un testigo que refleja nuestra propia humanidad... o su ausencia.


Buenas tardes, tripulantes.

#Palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas

Imagen: uso libre.

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