6 jul 2026

La elegancia del engaño

 




A las nueve de la mañana, el sol sobre la terraza tiene todavía esa timidez limpia de haber amanecido hace apenas tres horas, con una luz inocente que insiste, inútilmente, en iluminar las cosas tal como son.
Yo estaba allí, observando el rebaño desde mi mesa, aferrada a una taza de café olorosa y humante, contemplando el eterno espectáculo de unos hombres buscando una justificación para su propia entrega.

—A mí que no me hablen de comunistas —dictaminó Gutiérrez de Lara. Se colocó la servilleta en el regazo con el empaque de un cirujano que se dispone a amputar la esperanza—. Yo vengo de gente de orden, de toda la vida. Un país se gestiona, no se sueña. Que cada uno se ocupe de lo suyo y deje que los que sabemos, sepamos.

Eutiquio se recolocó la gorra, arrastrando el sudor de la jornada que ya llevaba pegado a la frente. Había algo profundamente conmovedor en su prisa por entregarse al verdugo adecuado.

—Yo es que no entiendo de políticas, don Gutiérrez, para qué le voy a mentir —dijo, con esa franqueza que los hombres usan para disfrazar su cobardía—. Yo hago con mi voto lo que quiero. Yo decido quién me roba. A mí un comunista no me roba. Por lo menos... qué quiere que le diga, que me robe un profesional. Si todos roban, prefiero que me roben con clase.

—Eso es de sentido común —remató Gutiérrez de Lara, satisfecho. Se ajustó los puños de la camisa con la suficiencia del que sabe que el mundo está bien organizado porque los de abajo defienden las cerraduras de los de arriba.

Desde la cafetera, el camarero asestó un golpe seco al cacillo, como si rematase a un animal enfermo. No pudo evitar reclamar su derecho a ser estafado con distinción:

—Y luego encima nos quieren dar lecciones de democracia los que llevan sin currar toda la vida. Yo lo tengo claro: los de siempre, que al menos saben lo que hacen.

Nadie discutió.
Yo los miraba y sentía esa vieja y familiar compasión por nuestra especie. Nadie se preguntaba por qué "lo de siempre" significaba, matemáticamente, menos para todos y más para los mismos.
Habíamos alcanzado esa cumbre de la civilización donde el robado exige que el ladrón tenga estudios y un sastre de confianza para no perder el orgullo.

Gutiérrez de Lara se levantó, se ajustó la chaqueta con un crujido de tela bien cortada y dejó un billete sin esperar el cambio —el precio exacto de su absolución-.
Eutiquio se cargó la caja vacía al hombro, como una cruz que llevara con orgullo, y caminó hacia la furgoneta silbando una melodía que no era una canción, sino el sonido de su propia resignación aceptada.

El camarero se quedó solo frente a la mesa. Pasó la bayeta despacio, en círculos perfectos, hipnóticos. Parecía querer borrarse la frente para olvidar que el turno de mañana exige volver a empezar de tonto, o de bobo, o de facha, otra vez.
Mañana habría que servir el mismo cortado, la misma miseria racionada, el mismo miedo afilado en los labios. Y para sobrevivir a todo eso, hace falta una frente muy limpia; y una memoria muy corta para no recordar que este mismo teatro ya lo habíamos aplaudido ayer.


#palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas

Imagen: uso libre

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