El jurado popular, hoy es como un foso de los leones. Porque hay una crueldad antigua, heredada, en el gesto de arrojar a alguien a un foso y llamarlo justicia. Los romanos al menos tenían la decencia de admitir que aquello era espectáculo. Hoy se ha perfeccionado el arte al llamarlo juicio por jurado.
Todo empieza, como empiezan estas cosas, con una filtración.
Pero en este caso no ha sido así; se trata de eliminar al adversario político, por una Amnistía que acaba de acariciar el TJUE. Como decía, una sugerencia suelta en un pasillo público acaba siendo un rumor con aspiración de titular donde ciertas personas dejan de serlo y empiezan a ser personajes. Y se les escribe un guion, para dos personas; una de ellas ni siquiera tiene línea de diálogo en la trama que le han impuesto: está ahí por amor o por sangre, que suele ser la combinación más lastimosa por su bajeza, la bajeza moral y ética de quienes lo promueven y ejecutan. Te envían al foso por vínculo, por cristiano, por parentesco, por afinidad. Da igual. Para qué distinguir si el público no lo hace. Pan y circo.
Durante dos años —el tiempo aquí es el arma- la maquinaria trabaja con la paciencia de quien sabe que no tiene prisa. Qué son cuatro años más si podemos contaminar todo lo que tocamos; si nadie entiende nada; sólo unos pocos... perroflautas.
Así tenemos un titular hoy, una insinuación mañana, una tertulia pasado mañana donde cuatro personas que nunca vieron un expediente deciden, en directo y con publicidad, quién merece compasión y quién merece desprecio. No hace falta mentir; basta con repetir lo que se afirma que es la "verdad". Porque la repetición, aplicada con suficiente constancia, se convierte en verdad de sobremesa; y la verdad de sobremesa pesa más en un jurado popular que cualquier prueba pericial.
A la mujer que al final va a descender al foso de los leones ya se le ha hecho todo el trabajo previo: el acoso disfrazado de interés público, la humillación disfrazada de proceso legal, la persecución disfrazada de diligencia. Cuando por fin se siente ante el jurado popular, no llegará como una acusada sino como al cordero al que ya han desollado en la plaza, para que el sacrificio final sea mera formalidad.
Los ciudadanos que la juzgarán... Es curioso: aquí hubo un baile acerca del jurado popular, entre jueces, sobre no mantenerlo o dejarlo, para al final, muy convenientemente a favor de quien paga, decidir que el circo judicial contiene más pitanza aunque de peor espectáculo ético. Pero, a quién le importa hoy la ética.
Quizás sea este el detalle más patético de todos: gente corriente, con sus rutinas de barrio, que ha sido expuesta durante dos años exactamente al mismo veneno que ahora se les pide juzgar con desapego. Se les pide una imparcialidad que nadie —ni ellos, ni nosotros, ni ningún ser hecho de carne y de tertulias vespertinas-tiene ya para entonces.
He vivido lo bastante como para no escandalizarme de que esto ocurra. Porque el espectáculo vende y la crueldad organizada tiene siempre quien la financie.
La indignidad ya hace tiempo que se instaló entre nosotros, los humanos, cada vez con un nombre distinto pero con el mismo guion.
Hay una diferencia entre la resignación y la lucidez, y hay que cuidarse mucho de confundirlas: la lucidez ve el mecanismo sin dejar que el mecanismo le arrebate la capacidad de nombrarlo como lo que es.
Los leones, al menos, tenían hambre real; la multitud que empuja hacia el foso solo tiene aburrimiento, que es un apetito mucho más barato y mucho menos perdonable. Y frente a ese aburrimiento organizado hay algo que ni dos años de contaminación pueden comprar del todo: la posibilidad, siempre humana, siempre torpe, siempre insuficiente pero nunca del todo ausente, de que alguien se niegue a mirar el espectáculo como espectáculo. De que un solo miembro del jurado recuerde, en el momento exacto, que juzgar a una persona no es lo mismo que consumir su historia. De que alguien, en algún lugar, decida que la compasión no es debilidad sino la última forma de rigor que nos queda cuando todo lo demás se ha vendido.
El ser humano no va a dejar de construir fosos. Pero hay quien, sabiendo exactamente lo que hace, elige serrar la rama de las Instituciones —la Iglesia incluida- con tal de que caiga antes el árbol que estorba. Se llama precedente a lo que no es sino la costumbre repetida de una herida que uno mismo se inflige.
Quien se asome al borde de este espectáculo debe tener presente que abajo hay una persona y no un personaje, una historia y no un titular; y una dignidad inviolable que ningún jurado, ya sea popular, mediático o de sobremesa, tiene autoridad moral para arrebatar.
Si algún día dejamos de exigirnos eso, ya no seremos espectadores del foso. Seremos los leones hambrientos. Y también sus potenciales víctimas.
#palestina, #Juzgado popular
#DerechosHumanos #Juez Peinado
#HaciaLasEstrellas
Imagen: Uso Libre
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