20 jun 2026

Lo mío y lo tuyo




Voy a contar una historia con mucha enjundia.

En el siglo XVII, el jefe Kondiaronk, de los Wendat —hurones, los llamaban los franceses—, dijo al explorador Lahontan algo cuyo filo ha logrado desafiar siglos de pensamiento establecido: no entendía cómo los europeos podían comportarse de un modo que no fuera inhumano, mientras siguieran aferrados a la distinción entre "lo mío" y "lo tuyo".

El Jefe hurón fue más lejos, pues le costaba imaginar cómo los europeos podrían ser todavía más miserables de lo que ya eran. Y se preguntaba qué clase de seres debían ser para hacer el bien solo por miedo al castigo, incapaces de la bondad que no necesita vigilante.

Pero no hablaba un noble salvaje inventado por la nostalgia europea. Hablaba un filósofo político que entendía el sistema desde fuera mejor que muchos de los que lo habitaban desde dentro.

Kondiaronk viene a decir, en el fondo, que nuestra civilización crea la miseria que luego necesita gestionar: la propiedad privada genera la escasez artificial que justifica la jerarquía que la defiende.
La frase nos llega por la pluma de Lahontan, un aristócrata francés que convirtió sus diálogos con el jefe wendat en un personaje —"Adario"—, y pudo (aunque nadie lo sabe con certeza) prestarle su propia voz disfrazada de voz ajena.

Pero hubo un testigo de peso que no se conformó con la duda fácil: Leibniz, el mismo que inventó el cálculo infinitesimal mientras dudaba de casi todo lo demás. Leibniz, que conocía a Lahontan en persona, contrastó las ideas atribuidas a Adario con los testimonios de otros europeos que habían cruzado el Atlántico, y concluyó que aquel pensamiento no era una proyección europea travestida de voz indígena, sino el eco fiel de una forma de pensar real.

Trescientos años después, el antropólogo Graeber y el arqueólogo Wengrow defienden lo mismo que él defendió entonces.

No voy a zanjar la disputa que sigue abierta entre historiadores. La dejo visible.
Porque incluso si una parte fuera Lahontan hablando consigo mismo a través de un hurón inventado, la pregunta sobrevive intacta:
¿Qué clase de sociedad necesita leyes, jueces y dinero para no devorarse a sí misma?

Cuatro siglos después, seguimos sin una respuesta mejor que la suya.

Hoy sólo acertamos a hacer la misma pregunta con más vergüenza.



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Imagen: Uso libre

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