23 jun 2026

El exhibicionista

 



David Graeber y David Wengrow comparten la sospecha de que la jerarquía nunca fue un destino biológico, sino un trabajo. Un trabajo cultural, repetido, que alguien tuvo que inventar y que alguien tiene que seguir inventando cada generación para que no se note el esfuerzo.
En su obra más celebrada, "El amanecer de todo", proponen que la dominación humana no brota de la escala; no es que "más gente" produzca automáticamente "más jerarquía," sino que se sostiene sobre tres ejes que hay que fabricar aparte: el control de la violencia, el control del conocimiento, y la política carismática, esa competencia pública por el prestigio que convierte a un hombre en gran hombre porque la plaza decide mirarlo.

He querido ver así el festejo taurino, porque no se acopla del todo en el relato del valiente contra el coloso. Encaja, más bien, en ese tercer eje: la política heroica. El matador no hereda poder por linaje ni lo impone por la fuerza bruta de un ejército; lo construye exhibiéndose, arriesgándose en público, acumulando prestigio cada vez que el animal no lo mata. Es el exhibicionista.

Es la misma lógica que estos autores describen en las sociedades de las llanuras norteamericanas o en ciertos potlatch del Pacífico: el rango se gana mostrando que uno puede permitirse el riesgo, el gasto, el espectáculo. Solo que aquí el gasto no es de bienes ni de comida, sino de un ser vivo creado, seleccionado, diseñado artificialmente para la tortura hasta la muerte, que no responde a la participación en la competición, excepto en la mente de su creador.

Y ahí aparece la pregunta que más le interesaría a Wengrow, el arqueólogo: ¿qué libertades le quedan al Toro? Ellos hablan en su obra de tres libertades elementales que casi todas las sociedades humanas garantizaron antes de que la jerarquía se volviera costumbre permanente: la libertad de desplazarse, de desobedecer, de reorganizar la relación social en la que uno está atrapado. El animal en el ruedo no tiene ninguna de ellas. Su única alternativa sería mostrarse manso, no responder a la provocación pese a lo sufrido hasta ese preciso instante. Pero no puede irse, no puede negarse, no puede renegociar los términos. Es, en términos de los antropólogos, el caso límite de la ausencia total de las tres libertades, y no porque sea menos que un humano, sino porque el ritual fue diseñado exactamente para eso: para que ninguna de las tres exista dentro del círculo de arena, en una plaza de Toros.

En lo que más insistiría Graeber, pienso, es en desmontar la idea de que esto sea "natural" o "ancestral" en el sentido de inevitable. Él dedicó buena parte de su trabajo a mostrar que las sociedades inventan mecanismos deliberados para impedir que la violencia carismática se vuelva costumbre fija: la burla colectiva contra el cazador exitoso entre los Ju'/hoansi, el desprecio ritual contra quien acumula demasiado prestigio.
Mecanismos de contención, los llamaré así.

Pero el festejo hace lo contrario: en vez de contener la violencia carismática del matador, la celebra, la hereda, la convierte en patrimonio protegido por ley. No hay burla que lo desinfle. Hay aplauso que lo perpetúa.

Sostengo que los festejos basados en la tortura animal son escuela de crueldad; Graeber y Wengrow dirían que son, más precisamente, una tecnología de poder sin contención. Una maquinaria que entrena, fiesta tras fiesta, la aceptación de que cierto tipo de prestigio —el carismático, el del macho humano que domina en público- vale más que las tres libertades elementales del otro ser sentiente, que preside la escena, porque, el torero sin Toro no es nadie.

Por eso insisto en que el niño no aprende solo a no distinguir el dolor ajeno del propio.
El niño que presencia estos repugnantes espectáculos aprende, además, qué clase de poder se admira sin cuestionar. Y ese aprendizaje, una vez instalado, no se queda en la plaza: sale a la calle, busca otro ser sentiente -un perro, un gato, un pájaro, otro humano como él-, y se explaya y reparte dolor donde más convenga en su narración.

Quizá la pregunta que dejarían abierta los autores De "El amanecer de todo" no sea ética o moral, sino histórica: ¿desde cuándo dejamos de inventar los mecanismos que impedían que esto se volviera costumbre?
Y si dejamos de inventarlos, ¿podemos todavía recordar cómo se hacía?



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Imagen: uso libre

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