Quieren que no valga la pena.
Quieren que gobernar parezca una forma de autodestrucción.
No han sacado los tanques. Esta vez no los necesitan.
Quieren acabar con el Presidente. Y no dan con tecla, porque su cargo es legítimo.
Conspiración.
Hay que nombrarlo despacio porque es lo más revelador de la naturaleza de lo que ocurre. No es daño colateral. No es el precio inevitable de la vida pública. Es una táctica. Calculada, sostenida, dirigida al punto más delicado de un hombre, su familia; porque saben —lo saben desde siempre, lo sabían cuando destruyeron a Azaña moralmente antes de que cayera la República— que un ser humano puede resistir mucho en lo público si tiene intacto lo privado, pero que cuando lo privado se convierte en campo de batalla el coste personal puede volverse insostenible. Algunos de los suyos se han lanzado a por él. Como pirañas.
Tienen algo muy eficaz: la erosión. El goteo. La mentira repetida hasta que ocupa el espacio de la verdad no porque convenza sino porque cansa. La causa judicial que se abre cuando conviene y se demora cuando conviene y se filtra a la prensa cuando conviene con una sincronización que no es casualidad sino coreografía. El juez que instruye más allá de sus competencias y el periodista que publica el sumario antes que el fiscal y el tertuliano que convierte la acusación en condena antes del juicio y el algoritmo que amplifica todo aquello que destruye y silencia todo aquello que construye.
Conspiración.
La palabra tiene mala prensa porque se ha usado para desacreditar el análisis. Pero una conspiración no necesita actas firmadas ni reuniones secretas con contraseña. Necesita intereses convergentes, recursos compartidos y una dirección común. Eso es exactamente lo que hay.
El autoritarismo ha dejado de ser la excepción y ha empezado a presentarse como alternativa legítima al desorden de la democracia.
Trump ha vuelto con más impunidad que la primera vez. Orbán ha estado años demostrando que se puede desmantelar un estado de derecho desde dentro, pieza a pieza, con las herramientas del propio estado de derecho.
Meloni gobierna Italia con la herencia ideológica del fascismo barnizada de moderación gestual. La extrema derecha ha entrado en gobiernos que hace diez años la habrían expulsado de la sala. Y las democracias liberales contemplan el fenómeno con la misma mezcla de incredulidad y parálisis con que las democracias de los años treinta contemplaron el ascenso de algo que también parecía imposible hasta que dejó de parecerlo.
El primer vagón y el último se están mirando.
No es metáfora. Es la misma lógica, el mismo método, los mismos intereses con distinta ropa. La diferencia es que ahora sabemos cómo termina si no se nombra, si no se resiste, si se confunde la erosión con el debate y el derribo con la discrepancia.
La Historia nos ha dado el privilegio terrible de saber lo que viene si miramos hacia otro lado.
Y estamos mirando hacia otro lado
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#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas
Imagen: Uso Libre
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