30 abr 2026

El señor Spock 🖖 ¡tenía la sangre verde!




Una niña en un mundo de dictadura —sepia, uniforme, doctrinal— vio aparecer un ser de otra lógica, otra sensibilidad, otra biología.
Era Otro. De fuera de este mundo.

Revolucionario, más aún en un ambiente tan opresivo como el español.

Ahí empezó todo.

En un territorio saturado de dogma apareció Spock con una ceja levemente alzada.
Encarnaba un sueño dentro de un contexto dramático.

Mientras todo empujaba en una dirección, la niña aprendía a esquivar la corriente.

Una cría que vio irrumpir la racionalidad dejó de ser cómplice de artificios y falsos valores.
Más adelante, aquello le costó alguna expulsión temporal del colegio.

No había más certidumbre que sus dudas.

Pensar racionalmente era su única salida: una forma de libertad.
Y esa libertad resultaba insoportable.

Hasta su padre intervino: sus silencios merecían una “lección de humildad”.
¿Qué es eso?

La vida estaba atrapada en formas fijas, dentro de normas inmóviles, sostenidas por un orden también preso del tiempo.

La educación imponía a un hombre que nunca llegaba: un personaje sobrenatural, cautivo en estampas, estatuas y textos antiguos. Inmóvil.
Había que creer que venía a salvarnos.
¿De qué?

Eso legitimó a la niña para creer en otra cosa:
que Spock no era solo un personaje de televisión.

Era una grieta.
Una salida de emergencia.



Ahora me parece increíble. Y hermoso.

Fue una circunstancia en mi historia donde la fortaleza del ensueño prevaleció sobre todo lo demás: pasé el resto de mi infancia huyendo.

No fui una fan más.
Fue emancipación.


#PalestinaLibreSoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas #Spock

Imagen: Uso Libre

2 comentarios:

Hipatia dijo...

La imagen: La escena parece sacada de una cápsula del tiempo que decidió aterrizar suavemente en un salón de otra época.
En primer plano, ocupando el centro como si fuera el eje silencioso de todo, está una niña vista de espaldas. Su postura es tranquila, casi ritual: sentada, con la atención completamente absorbida por lo que tiene delante. El cabello, castaño claro, está peinado con una raya perfectamente trazada en el centro, que divide su cabeza como una línea de simetría. De ahí nacen dos trenzas firmes, pulidas, que caen a ambos lados y terminan en pequeños recogidos, con un acabado suave y brillante que refleja la luz cálida de la habitación. Lleva una camiseta clara, con un estampado delicado de pequeñas flores, que refuerza esa sensación de inocencia y cotidianidad.
A su izquierda, apoyado sobre el sofá, descansa un casco de astronauta de color rosa chicle. Es redondeado, con una visera oscura que refleja sutilmente el entorno, como si guardara un pequeño universo dentro. El contraste es delicioso: lo doméstico y lo cósmico compartiendo el mismo cojín. Ese casco no parece un juguete cualquiera; es una promesa, una puerta portátil hacia otra realidad.
El sofá, de textura gruesa y tonos cálidos, abraza la escena con una sensación de hogar vivido. No es un salón perfecto: es un salón habitado.
Frente a la niña, un televisor antiguo de tipo CRT reina sobre un mueble de madera. La televisión tiene bordes gruesos, botones físicos a un lado y una ligera curvatura en la pantalla, como si estuviera respirando historias de otro tiempo. Y ahí, dentro de ese rectángulo luminoso, aparece con nitidez el Señor Spock, con su expresión serena y lógica, su mirada directa y su icónico uniforme. Detrás de él, se intuyen los paneles y luces de una nave espacial, creando un contraste fascinante con el entorno vintage del salón.
La imagen del televisor es clara, casi hipnótica, como si Spock estuviera mirando más allá de la pantalla, directamente hacia la niña… o incluso hacia nosotros.
El fondo del salón completa la atmósfera: una pared cubierta con papel pintado floral, ligeramente desenfocado, en tonos verdes y rojizos, que envuelve la escena en una especie de nostalgia cálida. Sobre el mueble o en los laterales, hay pequeños objetos decorativos difusos, insinuados más que definidos, como recuerdos que no necesitan explicarse.
La iluminación es suave, dorada, de esas que parecen caer en lugar de iluminar, bañando todo con un aire de atardecer perpetuo.
Y en medio de todo esto, ocurre algo silencioso pero poderoso: una niña en la Tierra, un casco listo para el viaje, y una mente lógica desde otro mundo hablándole desde una pantalla. Como si el futuro, la imaginación y la memoria hubieran decidido sentarse juntos a ver la televisión.

Carz dijo...

Claro que es hermoso.
Y, además, en aquel tiempo ya lo era (tu sensación, digo). Yo lo recordaba como “La conquista del espacio”, pero en mi casa era en blanco y negro (aunque en tu imagen la imagen de la televisión es en color). En cuanto te leí me vino a la cabeza una palabra: “yeso” y la busqué en mi blog. Y apareció. Contaba como me guarecía en el armario empotrado de la habitación de mis hermanas (en casa había una habitación para los niños (2) y otra para las niñas(también 2). Aunque por la cadencia de niño, niña, niño y niña, yo compartí habitación con mi hermana mayor hasta que nació mi hermana pequeña (yo no tenía aún 4 años).
Más tarde, quizás con 8 años, volvía del colegio con una sensación extraña… estoy repitiendo la entra de mi blog de abril de 2015, donde publicaste como comentario:
“Con tus palabras -veo- das una, dos, tres vueltas a aquella realidad de castigo -porque, ahora es lo que ella era-, quizá para verla como nueva -mejorada, diría mi hermano poeta-, o para entenderla vieja y desgastada como a mí me la deja el tiempo. Ahí parece sudar la crisis que somos; porque anidan fantasmas de luces, imágenes y olores, recuerdos que nos resistimos a dejar partir: su permanencia cae como una muerte; y su muerte es esta vida.
A fin de cuentas, cada uno somos un accidente dentro de un accidente, a su vez dentro de un accidente que está dentro de otro accidente... No hay un dominio nuestro: aunque que nos cueste creerlo, vivimos por lo inesperado.”

Hay memoria que sigue siendo recuerdo, aunque pasen decenios.
Cuídate.