25 mar 2026

Serie Fauna Humana: I

Homo vitrinae soberanus


"El hombre soberano".
"El hombre soberano".
(Imagen propia, uso libre)


Se le encuentra donde hay audiencia. En Foros de opinión, Redes sociales, Instituciones discretamente prestigiosas —colegios profesionales, logias, asociaciones culturales—, también reuniones familiares donde pueda desplegar su papel de patriarca benevolente. Evita, en cambio, los espacios donde no pueda ejercer su rol de "quien sabe más que los demás". Su hábitat, en definitiva, es el centro.

Homo vitrinae viste su identidad como quien viste un uniforme: títulos académicos, cargos honoríficos, pertenencias selectas. Su canto consiste en frases hechas sobre "el sentido común", "las cosas claras", "lo que siempre se ha sabido". En sus rituales de apareamiento despliega una mezcla de paternalismo y condescendencia: "las mujeres sois más intuitivas", "yo admiro a las mujeres", frases que pronuncia como quien reparte medallas sin haberlas ganado.

Es un producto de la tradición que lo educó para mandar, aunque no siempre lo educó para pensar. Le enseñaron que su valor residía en la solidez, en la seguridad, en la capacidad de no mostrar grietas. Y él se lo creyó. 

El problema es que la solidez, cuando no va acompañada de autocrítica, se convierte en rigidez. Y la seguridad, cuando no admite dudas, se convierte en dogmatismo.

Pero detrás de la coraza hay un vacío que necesita ser llenado constantemente. Por eso acumula reconocimientos, colecciona títulos, busca afiliaciones. No es que le interese especialmente la masonería, el club de empresa o la asociación cultural. Le interesa lo que esas instituciones le devuelven: una imagen. Un espejo donde mirarse y verse como el hombre que debía ser, tal como le adiestraron.

Su estrategia de supervivencia es la colonización silenciosa. Entra en un grupo, una conversación, un proyecto, y sin pedir permiso se sitúa en el centro. Habla más que escucha. Da consejos no solicitados. Confunde sus opiniones con hechos. Si alguien le contradice, su defensa es doble: descalifica al interlocutor ("te falta perspectiva", "no tienes la experiencia suficiente") o se refugia en su propio prestigio ("yo he estado en…", "yo conozco a…"). Ambas son formas de decir lo mismo: tú no importas, yo sí.

Se le encuentra donde hay audiencia. En Foros de opinión, Redes sociales, Instituciones discretamente prestigiosas —colegios profesionales, logias, asociaciones culturales—, también reuniones familiares donde pueda desplegar su papel de patriarca benevolente. Evita, en cambio, los espacios donde no pueda ejercer su rol de "quien sabe más que los demás". Su hábitat, en definitiva, es el centro.

El riesgo que introduce en el ecosistema es la erosión silenciosa. Aplasta la iniciativa ajena. Las personas más jóvenes, más inseguras o simplemente más educadas para ceder, se ven desplazadas. La conversación se convierte en monólogo. Los proyectos colectivos sólo se orientan hacia el lucimiento de su patrocinador. Y lo que es peor: muchas veces ni siquiera es consciente de ello. Cree sinceramente que está ayudando.

La estrategia es la observación, para lograr poner un nombre a su mecanismo: Homo vitrinae soberanus. Es una clasificación. Y es importante hacerlo, porque una vez clasificado pierde parte de su poder. Y es que el poder de esta especie reside en su capacidad de hacerse pasar por "lo normal", por "el sentido común". Cuando se le señala como lo que es —una construcción, una ficción, un papel—, deja de ser amenazante. Se vuelve, simplemente, un espécimen de museo.


*Esta serie, Fauna Humana, es un ejercicio de observación antropológica aplicada a los espacios que habitamos. Ningún espécimen ha sido dañado durante su estudio



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