Sabemos que el niño, en genérico, no tiene miedo al fracaso porque no tiene un pasado que lo avergüence ni una tradición que lo limite. Y Tocqueville lo vio claro: el estadounidense es un "niño" que juega con el mundo como si fuera un juguete nuevo.
Interesante observación del ilustrado francés. "Juega con el mundo como si fuese un juguete nuevo". Lo elijo como título.
Su poderío... si miramos los indicadores que realmente miden el pulso de una sociedad -no el ruido, sino el pulso-, el mito empieza a agrietarse: Su sanidad pública deja a millones sin acceso; sin la asistencia necesaria, los arruina con facturas que ninguna enfermedad debería generar y si es una dolencia seria mueren igualmente. Su educación pública reproduce desigualdades, cuando debería procurar lo contrario: liberar e igualar.
Su deuda es colosal: el imperio vive de prestado, como tantos imperios antes que él.
Y los derechos humanos de los que tanto alardea brillan por su ausencia: Guantánamo, ejecuciones extrajudiciales, guerras provocadas, expolios y compra de voluntades, sometimiento mediante sanciones, dictaduras, terrorismo, racismo, competencia malsana -como con China-, colonialismo, conquista, invasión, pisoteo sobre el Derecho y las Instituciones internacionales, asesinato político, ahora, colaboración con genocidio, secuestro y asesinato de mandatarios y... un largo etcétera que va sumando injusticias y barbaridades cada vez más graves a su disparatada dinámica.
Por último, sus socios: no son aliados. Son una suerte de súbditos obedientes, que actúan de correas de transmisión de sus intereses y al servicio del imperio.
Me pregunto qué clase de poder es ese. Es un poder hacia fuera, basado en ejército, proyección militar, dominio financiero y capacidad de sancionar y castigar a quien ose desobedecer. Un poder que impresiona desde lejos y aplasta desde cerca.
Pero existe otro tipo de poder, más silencioso, más eficaz, más humano. Es el poder hacia dentro; ese que ha sido edificado tras decenios de pensar y ensayar; el que construye bienestar, ladrillo a ladrillo, sin necesidad de disparar una sola bala a nadie: Finlandia, Suecia, Dinamarca, Noruega, Islandia. Países que nunca aspiraron a dominar mares ni a dictar condiciones. Y sin embargo, lideran en lo que importa: sanidad universal, educación pública de calidad, movilidad social real, ciudadanos que -cuando se les pregunta- afirman sentirse felices.
Fijaos qué cosa tan sencilla, y ¡qué difícil de construir!
La paradoja es casi cruel, porque Estados Unidos gasta más en sanidad per cápita que cualquiera de estos países. Mucho más. Y obtiene peores resultados. Aunque no hay misterio: su modelo no atiende al bienestar general, sino que busca el beneficio privado. En definitiva: Son dos brújulas que apuntan en direcciones opuestas; y no hay forma de seguirlas a la vez.
Y así llego a una conclusión incómoda, aunque necesaria: el poder imperial es ruinoso, tanto para quienes lo sufren como para quienes lo ejercen, aunque no quieran reconocerlo. Un país puede tener el ejército más grande del mundo y, al mismo tiempo, una población enferma, endeudada y mal educada. El músculo y el vacío conviven. Como esos muros que construimos hace milenios para defendernos de la Naturaleza, y que terminaron encerrando también a quienes vivían dentro. Quizás la próxima vez que alguien pronuncie las palabras "el país más poderoso del mundo", valga la pena detenerse un instante y preguntar: ¿poderoso para quién? ¿Y para qué?
Porque si el poder no sirve para que la gente viva mejor, no es poder: es falso, es propaganda engañosa, es ruido malintencionado.
#NoALaGuerra
#palestinalibreysoberana
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