Mi relación con los libros que me entusiasman es de tacto y contacto: los acaricio, los siento; sé que en ellos late un corazón y se esparce una mente de siglos, de años o de meses. En realidad, más que leer, converso con ellos. Los abro al azar y me responden. Como hoy: "Siempre son los contemporáneos los que menos saben de su propia época".
Parece como si el libro me hubiese leído el pensamiento y me dice, hoy, lo que necesitaba oír.Tengo una conexión con Castellio: un hombre que se enfrentó a Calvino, al poder dogmático, a la imposición de una verdad única. Y lo hizo desde la conciencia individual, desde la moral personal liberadora, asumiendo el sacrificio material. Es exactamente lo que hacemos muchos en nuestros muros, en los debates, en nuestras vidas: enfrentarnos a los "Calvino" de turno -Trumpo, la ultraderecha, los que intentan descalificar...-, con un escudo de carne y hueso, y una espada de ideas, deseos y sueños.
La generación de los ochenta me pilló demasiado joven; quizá por eso me convertí en "anarquista espiritual". Aunque, no en el sentido político, sino en otro más rebelde: alguien que se niega a aceptar la autoridad como dogma. Me convertí en alguien que piensa por sí misma, que cuestiona y que no se dobla.
Feynman es el físico que decía: "no me importa quién eres; no me importa tu autoridad; si tus ideas no coinciden con los hechos, están equivocadas".
Este es el espíritu que comparto: la ciencia como metáfora de la honestidad intelectual.
#palestinalibreysoberana


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