Hay una izquierda histórica cuyo nombre no me satisface.
"Los que se sientan a la izquierda en la Asamblea". Así empezó todo.Y no visualizo esa izquierda, de los carteles, de los mítines, la de los gestos como el puño en alto o la mano en el corazón; o la de las peleas internas por el reparto del poder.
Pero existe otra Izquierda que está en el territorio: la que madruga para organizar un comedor social, la que pelea porque una familia no sea desahuciada, la que enseña a leer a quien no tuvo escuela o la que sabe que el cuidado no es un adorno sino la única forma de hacer la política que merece la pena.
Esa Izquierda no aparece en los titulares; no tiene escaños ni tiene portavoces mediáticos. Y avanza sin estrategas que puedan medir el impacto de cada gesto, cada palabra o cada fórmula verbal.
Pero existe. Y es la única que me hace pensar que el proyecto humano puede tener un horizonte.
El problema, claro, es que esa Izquierda solidaria está como atrapada dentro de aquella otra, la de los titulares. La que se enreda en guerras de pureza, en ritos de lealtad, en la defensa de un mapa que ya no se corresponde con el territorio. La que confunde la virtud con la inmovilidad, y la coherencia con la cerrazón.
Y no es que una izquierda sea enemiga de la otra, o a la inversa. Es que una ahoga a la otra, o lo intenta. Porque tiene un sistema inmune, el de su pureza, que no reconocería los anticuerpos ni aunque se le clavaran como agujas incandescentes. Porque cualquier crítica, aunque sea honesta, leal, lúcida, le suena a traición. Quizá es que el gesto ha sobrevivido a la formación que lo sostenía, y ahora es sólo un ritual sin argumento.
Me duele decirlo, porque sé que la gente de izquierdas trabaja mucho, muchísimo. Y pienso en si el horizonte que persiguen se les vuelve tan cercano que dejan de verlo.
Porque lo importante es remar.
Y cuando esa izquierda consagrada en el tiempo llega al poder, en vez de remar entre incertidumbres queda ciega de horizonte, del suyo propio: querer cumplir las promesas, de tan difícil como es se convierte en imposición.
La primera víctima, siempre, es la democracia interna.
Ya dije un día que no me caso con nadie. Y eso me pone en la lista ácrata, porque casi nadie concibe que no pertenezcas a un club o a una tribu; aunque soñar, perseguir, querer o pretender tener derechos humanos, igualdad, dignidad y cuidado, ya es pertenecer a un bando.
Y desde este otro bando, que no sé cómo denominar, me permito decir que quiero una izquierda que no tema la incertidumbre. Que sepa que el cambio no se decreta, sino que se construye. Que entienda que la pureza no es una estrategia, sino un lujo que no podemos permitirnos. Porque el mundo no espera.
La gente sigue en las listas de paciencia, pagando alquileres imposibles, viendo cómo el presente se vuelve más hostil. Y mientras la izquierda se enreda en sus propios mapas, el tiempo pasa.
Así que esto es un reconocimiento y una exigencia.
Porque si hay algo que la izquierda debería saber es que, a veces, la mejor forma de ser fiel a los principios es aceptar que no siempre se cumplen como uno imaginó.
Y es que el horizonte no es un punto fijo sino una dirección.
#palestina
#DerechosHumanos
#HaciaLasEstrellas
Imagen: uso libre
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