25 jun 2026

Miedo ordinario




Ante las previsiones meteorológicas de altas temperaturas he ido a hacer mi marcha diaria a las siete de la mañana. A esa hora ya había 25º y estaba totalmente despejado, sin correr un soplo de aire. Hacía calor. De regreso en casa, he salido a la terraza a tomar una infusión, mientras cortaba de las plantas flores marchitas; el sol acariciaba la piel, y cuando ha empezado a calentar en exceso he entrado a cubierto: afuera había casi 27º y todavía no eran las nueve de la mañana.

Un buen rato después he visto que se levantaba un viento, sin rachas, de cierta velocidad... y he pensado... Mary Poppins, como si estuviese llegando Mary Poppins, o una réplica de ella. La temperatura ha caído cuatro grados, de golpe. El viento sólo ha durado unos minutos, pero ha traído consigo una capa de nubes que, dos horas después, el sol ha disuelto.

Siempre hay una causa, y quizá no habrá muchas cosas que la ciencia deje sin explicación. Saber que el Planeta es un bien común y no un botín, son referencias suficientes para construir un pensamiento ético serio. No hacen falta los años cincuenta del siglo pasado en el cuerpo para entender que el fascismo es peligroso, ni haber olido el miedo franquista para saber que el autoritarismo destruye lo humano. Hay una ética de mínimos que se puede alcanzar por razonamiento, por empatía estructural, por observación honesta del presente.

Pero hay algo que la experiencia vivida aporta y que el análisis corriente no reproduce del todo: la textura del miedo ordinario. No el miedo dramático, de película, sino el que se lleva metido en el cuerpo como una postura, como una forma de bajar la voz sin saber por qué, como la costumbre de no preguntar ciertas cosas delante de ciertas personas. Ese miedo no se estudia: se hereda o se vive. Y marca de manera distinta la lectura de, pongamos, el ascenso de ciertos partidos de extrema derecha o el silencio cómplice de algunos medios. Para quien lo lleva en el cuerpo, ese silencio huele. Para quien lo ha leído, ese silencio se analiza. No es lo mismo, aunque conduzca a conclusiones similares.

Tiemblo ante la idea de que vuelva la época en sepia porque sé, en algún lugar que no es del todo racional, lo que eso significa en propia carne. Los más jóvenes, en el mejor de los casos, lo saben intelectualmente, y esa diferencia de temperatura produce tiempos de reacción distintos. La alarma les llega con un retardo. No por ignorancia, sino por ausencia de esa capa sensorial que llamo "consecuencias".

Así como el viento bajó la temperatura cuatro grados, el miedo heredado baja la temperatura de la respuesta. Y quien no lo ha sentido, piensa que sólo es aire.

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Imagen: Uso Libre

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