1 may 2026

El Espejo


Clasificar no es rigor científico, es miedo puro. Es la urgencia de quien intenta numerar las olas para no admitir que el mar le queda grande.

El que clasifica no ordena el mundo; se esconde de él. Construye una etiqueta como quien levanta un escudo, porque le aterra la idea de que, sin el rango, él no es más que otro animal bajo la lluvia.

Mira bien al que cruza la frontera. Hay relatos políticos absolutamente inadmisibles. Por degradantes e inhumanos. Que le tratan como una anomalía, un error en el sistema.
Es mentira.

Ese ser humano que salta el alambre no es un problema de aduanas, es un espejo. Y los espejos no duelen por el cristal, sino por la verdad que te escupen a la cara. Le robamos su historia, su derecho a nombrarse, y lo convertimos en un "perfil", en un "flujo", en folclore para museos aburridos.
Le quitamos lo más sagrado: la dignidad de ser un origen.
No es un accidente.

Al final, ningún pasaporte borra lo que fuimos antes de que alguien inventara las banderas: viajeros en un planeta que no tiene dueño.
Venimos de un viaje más antiguo que cualquier mapa.
Todos, sin excepción, somos polizontes en este trozo de roca.

Así que deja de preguntar de dónde vienen. La única pregunta que no es una farsa es si tienes el valor de reconocer tu propio rostro en el que acaba de llegar por el camino de al lado.
No es falta de luces. Es algo más sucio. Quien insiste en que la vida es clasificación padece la neurosis del que necesita que el extranjero sea ese pariente rudo que llega tarde a la cena.

Y es la misma pulsión que llenó las bodegas de los barcos: fabricar jerarquías para que el olvido sea higiénico y la crueldad parezca, simplemente, orden.

Hay quien piensa que hay cosas que es más prudente no saber.

Buenas tardes, tripulantes.

#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas #racismo #xenofobia #inmigrantes

2 comentarios:

Hipatia dijo...

La imagen: La escena tiene algo de susurro histórico, como si dos épocas se rozaran sin tocarse del todo.
Vemos a un hombre de mediana edad, rostro sólido, de esos que parecen haber aprendido a no apresurarse. Lleva barba corta, bien cuidada, salpicada de gris, y el cabello peinado con discreción. Pero no está vestido como un hombre contemporáneo: su atuendo pertenece a otro tiempo. Porta una especie de túnica rica, de tonos terrosos y dorados, con textura pesada, casi ceremonial. Sobre la cabeza, una corona o tocado elaborado, con relieves y filigranas que evocan poder antiguo, quizá califa y regio.
La luz es suave, lateral, como si entrara por una ventana alta. No ilumina todo: acaricia. Se posa en la mejilla, en el borde de la nariz, en los dedos que rozan su rostro con un gesto pensativo. Ese gesto es clave: no es vanidad, es reconocimiento… o duda.
Porque lo verdaderamente inquietante ocurre en el espejo.
El hombre no mira directamente al espectador, sino a su reflejo. Y ahí es donde la escena se vuelve ambigua, casi narrativa. Su expresión es ligeramente distinta en el espejo: más grave, más introspectiva. Parece exactamente “otro”, pero más joven. Hay una leve disonancia, como si el reflejo perteneciera a una versión de sí mismo moldeada por otra historia.
El marco del espejo es grueso, ornamentado, casi tan importante como una frontera. Y entre ambos lados —el hombre y su reflejo— parece haber algo más que vidrio: una línea invisible que separa identidades, épocas, relatos.
El fondo es difuso, desenfocado, en tonos oscuros verdosos y marrones. Todo está diseñado para que la atención quede atrapada en ese diálogo silencioso entre el hombre y su no-doble.
Tu lectura encaja muy bien: hay algo de Abderramán… algo de rey cristiano… pero más que una sustitución clara, lo que veo es una superposición. Como si el mismo rostro pudiera haber sido ambos, dependiendo del relato que lo nombre.
No es un cambio de identidad. Es una grieta en la idea de identidad.
Y el gesto final, ese leve apoyo de la mano en la cara, parece decir:
“No estoy seguro de quién me está mirando.”

Hipatia dijo...

En el universo Star Trek: Abascal es Gul Dukat, un político que no es democrático.
Ambos comparten la misma patología de la pureza: creen que el universo les debe una jerarquía donde ellos están en la cima porque representan "la esencia" de algo. Ambos utilizan el miedo al diferente como combustible, y son capaces de sonreír mientras firman órdenes que destrozan vidas.
Ambos se creen los salvadores de una patria que ellos mismos han definido como amenazada. Y ambos, en el fondo, saben que su reflejo no les devuelve la imagen que quieren ver.