Hay una parte de España que funciona gracias a personas a las que otra parte ruidosa, a veces mayoritaria, pero no única, querría ver en un avión de vuelta.
Esta contradicción no es nueva, ni es siquiera interesante como paradoja intelectual. Es simplemente lo que ocurre cuando un país decide tener opiniones sobre quién merece existir dentro de sus fronteras, pero no está dispuesto a limpiarse solo, a cuidar a sus ancianos solo, ni a morirse sin asistencia médica.Las ideas tienen ese defecto: se complican en cuanto uno intenta vivir con ellas.
Cuando entras en urgencias —sucede en los peores momentos, que es precisamente cuando se necesita que alguien sepa lo que hace— y te atiende una doctora argentina… Por ejemplo: en la UCI me cuidó un médico peruano cuando tuve el infarto. Un ser humano que conoce el nombre técnico de cosas que a mí me suenan a condena.
En oftalmología, un iraní te mira a los ojos con una precisión que debería avergonzar a cualquiera que haya firmado una petición para que los de fuera se queden fuera. Nadie, en ese momento, pregunta por el pasaporte. Nadie con el pecho abierto o la vista fallando exige personal de origen certificado. Parece que la xenofobia es un lujo que solo se puede permitir quien está bien.
Y luego hay más: la señora que cuida a la madre de alguien mientras ese alguien trabaja, o descansa, o va a comprar. El camarero que sirve el café con una sonrisa que ha costado mucho más que el café. Las personas que hacen estos y más trabajos —el discurso identitario los denomina "los que los nacionales no quieren hacer"— sostienen lo cotidiano con un salario que ofende. No es que haya trabajos indignos de nosotros. Es que los trabajos se han vuelto indignos a fuerza de pagarlos como si quien los hace no mereciera vivir con dignidad.
Hay una cadena de favores no reconocidos que sostiene la vida cotidiana de este país. En esa cadena, el eslabón más tenso, el que aguanta más peso con menos reconocimiento, tiene con frecuencia acento extranjero.
Leí hace poco que si los inmigrantes se pusieran en huelga un solo día, el caos sería de una elocuencia que ningún argumento podría igualar. Me pareció exacto y triste que haga falta imaginarlo, que no baste con lo que ya está ocurriendo a plena luz. Pero el problema del privilegio es precisamente ese: no necesita mirar. Puede permitirse no ver la mano que le tiende el plato, cambiar de canal cuando el informativo se pone incómodo, y salir a votar por la tarde con la convicción tranquila de quien nunca ha necesitado que nadie le salve la vida en un idioma que no es el suyo.
El discurso que "quiere que se vayan" prospera en tres tipos de personas que, en el fondo, son una sola: los que no piensan porque les resulta caro, los que piensan pero en una sola dirección porque las demás les dan vértigo, y los que tienen suficiente para no necesitar a nadie y han confundido eso con una virtud. A los tres les une una fe inquebrantable en su propia inocencia. Ninguno de los tres se considera racista. Y todos tienen algún conocido o pariente que es de fuera y muy majo.
Luego están los empresarios, que son otra historia y la misma. Esos no tienen el problema de la ideología: tienen el de la aritmética. Un trabajador sin papeles es un trabajador al que se puede pagar la mitad y sin cotizar. No es odio, es negocio. Lo cual, en cierta forma, es peor. El odio al menos tiene pasión. Esto es solo contabilidad con rostro humano al fondo, difuminado, como corresponde.
La diversidad —de rostros, de acentos, de maneras de entender que un paciente tiene miedo y hay que explicarle las cosas despacio— no es una política cultural. Es lo que existe cuando se deja que la gente llegue, se quede y construya algo.
España, o al menos su relato oficial, no ha olvidado que fue un país de emigración. Lo recuerda perfectamente. Y un sector grande de su sociedad ha decidido que eso no cuenta, que la memoria es para los exámenes y la política es para hoy. Pero, en este preciso momento, hay alguien limpiando una habitación de hotel para que otro pueda descansar sin pensar en quién la limpió. Hay alguien cambiando un pañal en una residencia a las tres de la madrugada. Hay alguien mirando una radiografía con la concentración de quien sabe que al otro lado hay una persona que depende de que no se equivoque.
Llamarlos un problema es un gravísimo error de diagnóstico.
#palestinalibreysoberana #DerechosHumanos #HaciaLasEstrellas
Imagen: Uso Libre
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