20 mar 2026

Habitar la Libertad

Hay una postura ante lo real que comparten quienes se atreven a mirar sin miedo: la negativa a que nada quede fijo sin ser cuestionado. No es nihilismo; es vitalidad. Es la certeza de que la libertad no es un don caído del cielo, ni una utopía lejana, sino una consecuencia activa de observar lo que hay sin los filtros del miedo.

Tres voces nos trazan un mapa, y para entenderlo hay que transitar el territorio.

Margulis lo dice desde la Biología: la vida no es un programa determinado, sino una negociación permanente. Simbiosis, plasticidad, genes que saltan. Lo vivo se reinventa constantemente. Pero hay que dar un paso más allá del laboratorio: la biología no es enemiga de la libertad, es su aliada. Si la plasticidad es la regla en la naturaleza —cerebros que se reconfiguran, poblaciones que se adaptan—, entonces la diversidad no es una anomalía, sino la expresión misma de lo que está vivo. Lo que llamamos "identidad" no sería un dato fijo, sino un ensayo permanente. Y si la identidad no es inmutable, tenemos un papel activo en su construcción. Detrás de cada intento de fijarla, detrás de cada discurso que niega esta plasticidad, hay una voluntad de encierro. La libertad, nos dice Margulis, está inscrita en la materia misma.

Feynman lo dice desde la Ciencia: el conocimiento no es un edificio de certezas, sino una cultura de la duda. Ningún título, ningún prestigio, ninguna autoridad sustituye a la evidencia y al pensamiento propio. Su método era el de la sustracción: no construir torres para sentirse seguro, sino cavar bajo los cimientos. No acumular capas, sino rascar hasta encontrar lo que de verdad sostiene, o lo que no sostiene nada. La pregunta socrática no construye sistemas, los desmonta. No ofrece respuestas cómodas, hace preguntas incómodas. Se debe estar en disposición de desmontar la propia historia, de no refugiarse en lo sabido. Lo contrario es dogma, construye nidos de conservadores por la negativa a ensayar un método vivo. La libertad, nos dice Feynman, está en no delegar el juicio.

Graeber lo dice desde la Historia y la Antropología: nada de lo que nos han contado sobre el Estado, el mercado, la deuda o la jerarquía es inevitable. Todo tiene historia, todo pudo ser diferente y todo puede ser de otra manera. La libertad, nos dice, está en desmontar las narrativas que nos convencen de que no hay alternativa.

Hay una idea que atraviesa estas tres voces y las une: la plasticidad como condición de la libertad. Margulis la encontró en la célula. Feynman la practicó en la ciencia. Graeber la reclamó para la historia.

Y hay quienes rechazan estas tres, ¿lecciones? Hay quienes obedecen sin preguntar, que aceptan sin dudar y defienden con ferocidad las narrativas que los someten. No distinguen que son serviles, ni tampoco el servilismo. Han renunciado a su propia plasticidad. Y esa renuncia, esa rigidez impuesta como virtud, es quizás la forma más profunda de la esclavitud: la que convence al esclavo de que su cadena es naturaleza.

¿Qué buscamos, en realidad? Un lenguaje que no sea una jaula, sino un puente; que no sea una extensión de lo que ya fue dicho, sino algo nuevo. La Biología, Epistemología, Antropología, hoy nos están ofreciendo tres formas de decir lo mismo, que son tres formas de abrir la frontera no a las novedades superficiales, sino a lo inédito. Mirar sin miedo y escarbar debajo de las certezas.  Y hacerlo juntos, porque la libertad, al final, es una experiencia compartida.


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