Hay una postura ante lo real que comparten quienes se
atreven a mirar sin miedo: la negativa a que nada quede fijo sin ser
cuestionado. No es nihilismo; es vitalidad. Es la certeza de que la libertad no
es un don caído del cielo, ni una utopía lejana, sino una consecuencia activa
de observar lo que hay sin los filtros del miedo.
Tres voces nos trazan un mapa, y para entenderlo hay que
transitar el territorio.
Margulis lo dice desde la Biología: la vida no es un
programa determinado, sino una negociación permanente. Simbiosis, plasticidad,
genes que saltan. Lo vivo se reinventa constantemente. Pero hay que dar un paso
más allá del laboratorio: la biología no es enemiga de la libertad, es su
aliada. Si la plasticidad es la regla en la naturaleza —cerebros que se
reconfiguran, poblaciones que se adaptan—, entonces la diversidad no es una
anomalía, sino la expresión misma de lo que está vivo. Lo que llamamos "identidad"
no sería un dato fijo, sino un ensayo permanente. Y si la identidad no es
inmutable, tenemos un papel activo en su construcción. Detrás de cada intento
de fijarla, detrás de cada discurso que niega esta plasticidad, hay una
voluntad de encierro. La libertad, nos dice Margulis, está inscrita en la
materia misma.
Feynman lo dice desde la Ciencia: el conocimiento no es un
edificio de certezas, sino una cultura de la duda. Ningún título, ningún
prestigio, ninguna autoridad sustituye a la evidencia y al pensamiento propio.
Su método era el de la sustracción: no construir torres para sentirse seguro,
sino cavar bajo los cimientos. No acumular capas, sino rascar hasta encontrar
lo que de verdad sostiene, o lo que no sostiene nada. La pregunta socrática no
construye sistemas, los desmonta. No ofrece respuestas cómodas, hace preguntas
incómodas. Se debe estar en disposición de desmontar la propia historia, de no
refugiarse en lo sabido. Lo contrario es dogma, construye nidos de
conservadores por la negativa a ensayar un método vivo. La libertad, nos dice
Feynman, está en no delegar el juicio.
Graeber lo dice desde la Historia y la Antropología: nada de
lo que nos han contado sobre el Estado, el mercado, la deuda o la jerarquía es
inevitable. Todo tiene historia, todo pudo ser diferente y todo puede ser de
otra manera. La libertad, nos dice, está en desmontar las narrativas que nos
convencen de que no hay alternativa.
Hay una idea que atraviesa estas tres voces y las une: la
plasticidad como condición de la libertad. Margulis la encontró en la célula.
Feynman la practicó en la ciencia. Graeber la reclamó para la historia.
Y hay quienes rechazan estas tres, ¿lecciones? Hay quienes
obedecen sin preguntar, que aceptan sin dudar y defienden con ferocidad las
narrativas que los someten. No distinguen que son serviles, ni tampoco el
servilismo. Han renunciado a su propia plasticidad. Y esa renuncia, esa rigidez
impuesta como virtud, es quizás la forma más profunda de la esclavitud: la que
convence al esclavo de que su cadena es naturaleza.
¿Qué buscamos, en realidad? Un lenguaje que no sea una
jaula, sino un puente; que no sea una extensión de lo que ya fue dicho, sino
algo nuevo. La Biología, Epistemología, Antropología, hoy nos están ofreciendo
tres formas de decir lo mismo, que son tres formas de abrir la frontera no a
las novedades superficiales, sino a lo inédito. Mirar sin miedo y escarbar
debajo de las certezas. Y hacerlo
juntos, porque la libertad, al final, es una experiencia compartida.
#palestinalibreysoberana #NoALaGuerra #DerechosHumanos
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