28 dic. 2012

Abrazos



“Por mi parte siento profundamente que el destino del hombre y su dignidad están en juego cada vez que nuestras bellezas naturales, los océanos, los bosques y los elefantes están en peligro de destrucción”.

Hace apenas unas horas que he regresado de mi tierra natal, una tierra donde residen el sol, las flores, el buen clima... y la simpatía. Todo un contraste con este frío cielo norteño en el que, si no está cubierto, siempre quedan escombros blancos. Temperaturas veraniegas en pleno mes de Diciembre, algo que desde el año 86 no había vuelto a saborear. No ha hecho falta utilizar el abrigo.

Por primera vez, he visto la niebla en esta zona. Ante mi sorpresa todo el mundo me decía “sí, mujer, sí, claro que aquí hay nieblas”... Puedo asegurar que en los veinte años que viví allí, jamás me encontré con ellas; y si los autóctonos afirman lo contrario debe de ser que nunca estuve despierta al formarse la niebla. Daban las cuatro y media de la madrugada, cuando observé el espectáculo: puse en pie a toda la casa para confirmar que no era una insubordinación de mis sentidos por el estado de vigilia. La niebla era dulce, pausada, silenciosa, salada, tibia... Sólo faltaban unos cantos de sirenas. Me fascinó. Se ha colado en mi equipaje, que ha quedado impregnado de sal.

Si alguna vez el mundo se destruye, será por obra de un creador”.

Pero más cosas han regresado conmigo: los abrazos. En esta tierra, también abundan los abrazos.
La gente te abraza cuando te encuentra y cuando te vas. ¿Es posible tanta ternura sin que yo me haya dado cuenta? Te abraza tanto el que te conoce de toda la vida, como el que te conoce desde unos cuantos años o el que te acaba de conocer. En este este último caso me imagino que, por el afecto que siente por tus más cercanos, te hace suyo. Impresionante. En el universo indiferente somos una insignificante mota, cuyo sentimiento animal provee de la necesidad de abrazarse constantemente, aún careciendo de vínculos estrechos. Una generosa fraternidad -y conmovedora- que crece espontáneamente entre el sembrado de las afinidades.

La fraternidad es una donación, no un intercambio”.

Traigo, además, rostros nuevos siempre sonrientes, nuevas facetas en rostros conocidos y familiares, los arranques de simpatía, los buenos deseos y las lágrimas limpias de una madre primeriza -hija mía-, angustiada ante la vulnerabilidad de su niño recién nacido. Conservo una lágrima vertida por un instante de amor intenso. No hay duda de que experimentamos el amor con alegría y con dolor, con seguridad o con turbación, con valentía o temor... luego, somos sus siervos.

"Solo en el mundo, es propaganda".

Me he llevado muchas sorpresas, mientras un antiguo viento iba levantando nuevas olas de experiencias: ha sido como pisar un territorio virgen, a donde había llegado como una simple vagabunda -sin rumbo, nada pedía y dejándose llevar-, que ha regresado a casa como una exploradora cargada de preciosas muestras de alegría, de abrazos humanos y de sal de niebla.

“En un mundo hecho enteramente por el hombre, podría ocurrir que ya no hubiese lugar para el hombre”.


Citas: de Romain Gary; anotaciones extraídas durante la lectura de sus obras.
Imagen: fotografía tomada sobre un cartel del Zoo de Melbourne; firma ilegible.

13 dic. 2012

Puramente accidental


Quedaban más de dos horas hasta el amanecer cuando desperté y, entre un pienso y un me dejo llevar, estuve saboreando las últimas sobras de la noche. El frío me retenía bajo las mantas, cuando reparé en el dueño de nuestros actos. Concluí que había de buscar un nuevo dueño; uno más que añadir a los muchos que he ido encontrando a lo largo del tiempo, y que ha resultado ser la mejor forma de continuar con la construcción de mi vida. Si no soy fiel a un perfume concreto, a una flor determinada, a un mismo paisaje o a un sólo autor, ¿por qué habría de ser fiel a un mismo dueño? Ando buscando un nuevo dueño... renovable, no es un cargo a perpetuidad.

La mayor dificultad que he encontrado siempre ha sido la cuestión de la libertad; y suelo hacerme ciertas preguntas, como aquélla de, qué valor de supervivencia encontró la evolución para producir la consciencia; o, cómo sería nuestro mundo si no existieran las creencias; o esa otra como, qué ocurriría con el pensamiento si no surgiesen los problemas. Todas ellas, a mi parecer, relacionadas con la percepción de la libertad. Pero nuestro diseño nos fuerza a luchar por unos deseos que la Naturaleza no siempre ofrece, como la bondad o la paz, por ejemplo, y nuestra existencia se debate entre amarla, protegerla y defendernos de ella, de la Naturaleza, digo. Porque, no nos engañemos por más tiempo, la Naturaleza es nuestra soberana; y para defendernos de sus acciones, hace milenios construimos muros y tejados; cuando comprobamos que éstos resistían quisimos parcelarla en huertas, domesticarla en jardines, acorralarla entre calles y puertos. Por una cuestión de supervivencia. Y para retorcer un poco más la realidad, inventamos civilizaciones. Como producto suyo somos simples accidentes de su dinámica; pero no uno más de entre todos, sino el que se siente más incómodo.

Hoy he vuelto a despertar temprano y he decidido desayunar esos restos de silencio que todavía resisten en el último acto de oscuridad. Me he admirado por la lenta carrera de las primeras luces, que debían sortear toda una gama de accidentes para llegar hasta mí, cuando he vuelto a imaginar que quizá todo lo que nos rodea podrían ser “accidentes” en nuestras vidas: padres, amigos... No es la primera vez que pienso en esto. Cuando parece que todo se reduce a una cuestión de elección, a lo que podemos y no podemos elegir, me hago la siguiente pregunta: ¿y yo?, ¿soy un accidente dentro de mí misma?

En cuanto a las respuestas posibles a esas preguntas encuentro un factor común: la especialización. En la Primera, la respuesta canta por sí sola: supervivencia. En la Segunda, lo mismo. Y en la Tercera es todavía más evidente: el ser humano, desde tiempos prehistóricos, está especializado en encontrar solución a los problemas que le asaltan a cada paso; en términos comunes, nos hemos ido “buscando la vida” –muros y tejados, recordemos-, en la medida de nuestras posibilidades y entre los límites que nos hemos impuesto al encerrarnos entre aquellos otros muros de ignorancia, comodidad y codicia, según cada época. Qué largo ha sido el camino y qué lento y cruel en algunos tramos; la inhumanidad también es un producto humano, es humana. Y respecto a la última pregunta... ya veremos, esto es lo bueno. Ese dinamismo maravilloso, que lo envuelve absolutamente todo, hará que las respuestas a todas las preguntas se transformen constantemente. Siempre encontraré una respuesta dispuesta a modificarse; y en esta lucha ya casi clandestina por sobrevivir, la Naturaleza me muestra que somos obra de nuestra imaginación: ¡qué magníficos regalos!

La especialización, por unas u otras causas, nos acaba deteniendo; porque, sé que lo he dicho muchas veces, si algo funciona, aunque regular o mal, por qué cambiarlo. De modo que interiormente avanzamos mientras nos anclamos a viejos y ya dudosos sistemas. Somos pioneros, incluso de nosotros mismos; que nadie lo ponga en duda... todavía.

¿Quién dice que no tenemos arreglo? Por mi parte, tantas minucias me han forzado a detenerme, como tantas montañas. Parece como si la libertad estableciese un cerco que nos obliga constantemente a luchar por su conquista. ¿Acaso no es éste otro muro en torno a nuestra existencia?

He bebido de este Amanecer hasta sentir el estómago lleno; he percibido el dominio que ejerce, como si encontrase un nuevo dueño, y he volado con la idea de encontrarlo: amable con las nuevas medidas, capaz de doblar estas esquinas, tolerante con el manantial de “accidentes” que son las ensoñaciones.

Fotografía: Nasa

2 dic. 2012

Tocar de oído





Hemos tenido telepatía, Paisano. Esta mañana me he levantado con la cabeza en las alturas, como repleta de nubes y claros, chubascos de granizo y alguna envoltura de luz... Repleta de lo que cae afuera y por dentro. Y me he dicho: por qué no escribir bajo el título "Tocar de oído". Todo lo demás irá surgiendo, como de un viejo manantial, ya muy sudado, es cierto; lo que no quiere decir, aunque parezca encajado, que esté dominado. No dominamos nada. Así de pobres somos. Por ello, hoy, voy e improviso; de esa manera como improvisa el pensamiento que no domino, y escribo desde ese lado que me encaja. Tocaré de oído.

 Estudio Historia, Paisano. Ya lo sabes. Y viajo en una nave. También lo sabes. Te preguntarás el porqué, o quizá no. Yo sí lo hago, a diario, a cada instante, hasta en los más escatológicos momentos del día, cuando coloco sobre mis rodillas una de las muchas revistas de historia que almaceno en el baño. Así de claro, de raro o de corriente; no importa. El Espacio y la Historia se unen: ambos son testigos de lo mismo. Y, aunque uno más viejo que la otra, me interesan las dos versiones. El que más me gusta es el relato en el que el Primero rodea a la Segunda y la fagocita.

Nunca me había gustado la Historia, o eso creía yo. Me resultaba aburrida, no me interesaba. Quizá desde mis años mozos, cuando iba al colegio y todo eso. Quizá no me fiaba de lo que me contaban aquellos libros mutilados. Yo no sabía que lo estaban. Pero oía hablar a mi padre sobre la dictadura en que vivíamos y su censura... sin mucho detalle delante de los niños, que sueltan todo lo que oyen, y a mi madre que suplicaba "por favor Pepe, que te va a oír alguien y vamos a tener un problema"... Y mi padre respondía, “¡que me oigan...!”. Algo raro y malo había en todo aquello y opté por no saber; y, aunque algo sí entendía, preferí hacerme pasar por otra. O quizá, simplemente, me aburría con ella, con la Historia; la encontraba poco humana, como poco humana debía de ser yo (y mi padre, todo hay que decirlo), que todavía estaba a medio hacer. El diccionario, muy útil ahora, lo reconozco, entonces estaba para otras cosas. La Historia -qué curioso- me arrojaba al silencio y, ahora, me parte el alma.

Bien. Hace algunos años decidí meter el hocico en los libros de mis hijas; los de la más pequeña me parecieron más atractivos. Y empecé con los Reyes Católicos (Catódicos, los llamábamos) y me atrapó Isabel; sí, me sorprendía mucho lo que leía de ella. Internet todavía no estaba muy allá y no era tan fácil como ahora encontrar todo; bueno, casi todo. Ya sabía, por haber oído alguna cosa, de las "hazañas" de Isabel de Castilla, pero me resultó peculiar que rechazase las ofertas de marido que se le hacían y quisiese elegir por sí misma a uno. Me gustó que, cuando se vieron Isabel y Fernando por primera vez, antes de los esponsales, se encerrasen para catarse mutuamente en un cuarto y no saliesen tras muchas horas de encuentro. Me pareció muy romántico, en su sentido más simple, muy humano; tanto me sorprendió la anécdota, que cuando mi hija Helena me dijo un día, "mamá, ¿tú te matricularías conmigo en la carrera de Historia?, de oficio le dije, sí, ... y aquí estoy: estudiando Historia por una cuestión de romanticismo, lo mismo que el Espacio. Porque, habrás de reconocerme, Paisano, que esta fiebre que tengo por el espacio es también una cuestión de Romanticismo, brotado de esa melancolía crónica que me induce a soñar constantemente.

Bien es verdad, que salir de la Prehistoria, donde he bebido con alegría y entusiasmo, y entrar en la Historia Antigua fue un poco traumático; no obstante, como a todo el mundo, me atraparon Diógenes de Sínope, Alejandro Magno, Pirro de Epiro, Julio César o Marco Aurelio, de los que me queda un sabor muy, muy concreto. De Diógenes y Alejandro, especialmente. No puedo decir lo mismo de lo que sigue, pues el entusiasmo va cambiando con los sucesos históricos y tengo que reconocer que me pongo de muy mala uva, muchas veces. Y tiene una explicación: me encariño y enseguida me afecta, lo vivo, amo lo que toco y me duele profundamente lo que acontece ahí, en la historia. Este año, puedes imaginar, Paisano, cómo me están haciendo sufrir los imperialismos; por ejemplo, prendería fuego a Gran Bretaña por lo que hizo a China. El curso pasado fueron las colonizaciones... Parece que una facultad selectiva me conduce a lo mismo: la cuestión de la libertad, que tiene inmensas raíces; al privilegio individual o colectivo que tenemos de dirigir nuestros actos y nuestro destino. Y no hablemos todavía sobre las consideraciones de la "verdad".

Sobre la Historia de España sé poco, porque ahí todavía no he pasado de la época antigua. Pero conservo algunos retales, unos de oídas, otros de leídas y otros vividos a medias. En cuanto entre en esas asignaturas podré recomponer el puzzle... miedo me da. Es cierto lo que dices, que "desconocer el pasado nos ha llevado a este presente"; y me atrevo a puntualizar, que ese desconocimiento del que hablas también nos priva del conocimiento como individuos. Si no hay interés por conocerse a uno mismo, ¿qué clase interés por el pasado histórico nos mueve? La historia está compuesta por pequeños restos de nosotros mismos, por pequeños rastros evolutivos que hemos ido dejando todo el tiempo. Los que sembraron la Historia nos han conducido hasta aquí, también somos ellos. Sus errores y aciertos, sus descubrimientos y avances están con nosotros, porque somos el mismo bicho que necesita, observa y busca, amenaza, que somete y mata, que lucha para sobrevivir y piensa en cómo hacerlo. Igual que el Espacio, que sembró lo suyo en este Planeta, todo son rastros, como miguitas de pan que son fáciles de ver pero no de conocer. Yo, que vivo en el futuro, así lo percibo; me es preciso llevar un buen equipaje histórico. Y me apasiona porque estoy añadiendo datos a mi conocimiento sobre la naturaleza humana; y más aún, intento asociarlos con lo que conozco.

A propósito de esto último, hay una cosa que me ha sorprendido siempre; puede que ya lo haya comentado alguna vez. Y es esa clase de muro o barrera que parecen tener muchas personas de no relacionar lo que saben con el mundo que les rodea. Lo he observado tanto en personas de ciencias como de letras; los conocimientos a un lado y las reflexiones a las que se pueden aplicar ésos por otro, y jamás se encuentran. Me parece incomprensible... con lo bonito, gratificante y lúcido que resulta el intento de asociar lo que se conoce con lo que se vive. Me atrevo a decir, que no asociar cosas es la forma de vivir fuera de la realidad. En ello, los dirigentes son expertos: sus hechos sí que son históricos. Pero, vayamos al sembrado individual..., qué trágica y triste resulta la ceguera humana. Y aquí, la misma relación: los políticos son nosotros y nosotros somos ellos; ¿por qué no habrían de actuar como individuos en colectivo público, si nosotros, como pueblo, no somos capaces de reflexionar como individuo? Si nosotros miramos de lejos lo que acontece en Siria, Palestina o África, ¿por qué no habría de mirar la casta de igual forma a su propio pueblo? No hay ninguna diferencia entre “ellos” y “nosotros”, por triste y descabellado que sea. Si el pueblo muere, no hay problema: en pos del equilibrio, otras masas llegan a llenar el vacío. Y por una simple cuestión de inercia, ellos -aunque, también son nosotros- son los mismos de siempre, herederos históricos del poder, igual que nosotros somos el pueblo histórico, el que sufre y paga sus monumentales errores. ¿Víctimas históricas? ¿Consentidores? Recordemos, somos ellos: están ahí, aunque nos pese, por nuestra causa.

Hablemos ahora de la Ley de Inercia para poder defendernos de nosotros mismos, seres estúpidos, dominados por la ignorancia propia e histórica.

 Imagen: de Darmok (uso libre)