10 sept. 2012

Como decíamos ayer




Como decíamos ayer, uno se descubre a sí mismo un buen día cuando ya está enquistado en el mundo; cuando ya forma parte de un sistema en el que todo cuanto nos ha rodeado se ha empleado a fondo para que dependamos absolutamente de él. Hasta el preciso momento de tomar conciencia nos han llevado en una especie viaje, en cuya travesía hemos confiado al principio y nos hemos dormido a ratos; aunque, también, nos hemos querido bajar del vehículo.
Sin ser consciente de los motivos -puro no estar a gusto-, un día tuve deseos irrefrenables de tirarme del maldito vehículo y salir de la gran corriente que nos lleva. Y no resultaba fácil: era como un alejarse y regresar constantes, echando un pulso intenso y agotador.
Inocencia, ignorancia, cansancio, apatía, rebeldía, lucha, ¿lucidez? La dificultad persiste gracias a que continúo soñando.

¿Acaso soy antisistema? Para responder tendría que definir antes qué entiendo por sistema. Muy aburrido. Ante todo hay un entramado de necesidades de las que no podemos escapar por imposición -por ley-; y dejo a un lado esas otras necesidades-droga, cuya tolerancia nos hace un poco más idiotas. Y no hablemos de la contaminación ideológica, porque no acabaríamos. En definitiva, el sistema consigue que nos entreguemos plenamente a cambio de un donativo nominal y sacro: la libertad de elegir... minucias, insignificancias. Es imposible dar crédito a tamaña falacia si se tienen dos dedos de frente. Por ejemplo: llegado el momento podré enterrar a mis compañeretes Luna y Plank en mi finca, pero no podré hacerlo yo junto a ellos porque la ley lo prohíbe. ¡Hasta nuestra última voluntad está regulada por ley!
En definitiva, estoy contagiada por sueños y al final sí voy a ser antisistema.

Como decíamos ayer, hay poca o ninguna visión de futuro. ¿Acaso no es interesante el futuro?
Hace pocos días comentaba un artículo a un amigo del FB, cuando me sorprendí pensando precisamente esto, que nuestros gobernantes no tienen visión de futuro. El tema en cuestión era sobre la retirada de ciertas “ayudas” a las mujeres empresarias, que se verán afectadas, entre otras cosas, en momentos tan complicados como la maternidad. Estas “ayudas” (o como se llamen), cuando fueron aprobadas por el gobierno de turno, por lo visto, constituían un gran avance social. Lo cierto es que cuando estamos entre vacas gordas interesa invertir en vida y en salud, y cuando abundan las vacas flacas se siembra lo contrario, ¡lo contrario! Así, como suena. Espeluznante, abrumador, indignante. Los designios de los políticos de turno son inescrutables y la sabiduría del pueblo está limitada para comprenderlos. Éste es el mensaje que nos envían, un mensaje sin futuro.

Por desgracia o por fortuna, todavía no lo sé, he ido viendo -y sufriendo en carnes propias- cómo se producía el deterioro, que ha sido muy lento; y ha ido entrado muy poquito a poco, socavando y minando de forma casi imperceptible los cimientos de lo que, en realidad, no era más una quimera que nos mantenía callados, entretenidos, dormidos, ¡contentos! Y cuando todos estos “logros” han empezado a caer uno a uno, nos hemos puesto a aullar y nos han echado cubos de agua, y nos han dado palos, y nos traen censura. Y resulta que sólo eran pequeñas limosnas procedentes de nuestras propias contribuciones, sobre las que no teníamos derechos adquiridos. Pero había síntomas muy claros de la enfermedad que acechaba: no había -ni hay- visión de futuro.
Entre tanto, he preferido mantenerme más o menos silenciosa, como a una prudente distancia... casi zoológica. Cometí un “error”, sí, entre comillas, porque no pienso que en realidad lo fuera. Les mostré demasiado, a “ellos” , y no me lo perdonaron. Les hablé de cumplir la ley, de honestidad y de dignidad humana; y fui castigada desde el principio con vaguedades, evasivas, mentiras, amenazas, ostracismo, y después con indiferencia, chantaje, difamación, ignominia... Por mi parte, les envío un beso revolucionario.

Desde hace mucho, mucho tiempo intuía que se avecinaba una gran hecatombe -hablaba con frecuencia de ello-, incluso he ido haciendo ensayos de subsistencia. No era yo la única, como decíamos ayer. Ahora hablo de revolución, que es la imagen que me devuelve el espejo al asomarse la tragedia creciente. En este sentido, me debato entre el entusiasmo... y el miedo, pues pienso que cuando una revolución triunfa, las causas que la produjeron pueden desvanecerse en medio de la euforia.

Como decíamos ayer, el futuro también se abre camino -como la vida- y viene anunciando una promesa repleta de sueños; porque allí, en el futuro, residen nuestros deseos. Aunque, con cada paso que damos hoy hacia el futuro algo ha de morir para que nazca algo nuevo: eso es el cambio. El progreso. En este trasiego transcurren nuestras vidas, mejor dicho, deberían transcurrir. Cada uno de nosotros, al participar de la vida quedamos integrados en un banco de pruebas donde éxitos y fracasos se reparten el beneficio de las verdades y soledades, respectivamente.
Quizá no hay tiempos malos, buenos o regulares, ya que todos son pruebas del tránsito al cambio... en el camino hacia el Futuro.

(Imagen: Google imágenes)