11 ene. 2009

Invertir en Cerebro



He escuchado decir a Punset que no podemos pensar el futuro sino desde el pasado. La causa, creo recordar, está en el cerebro. Esto me hace reflexionar un poco y acordarme de lo que decía Ortega: el hombre es un ser histórico.
Al poco de nacer somos bombardeados por una cultura, cuyos convencionalismos van imprimiendo con el tiempo, por dentro y por fuera de cada uno de nosotros, un tatuaje distintivo de la comunidad a la que pertenecemos. El sistema cultural que nos baña nos hace amantes de la estabilidad y algo más sedentarios de la cuenta; quizá porque es lo más cómodo. Esto -parece- es lo normal.
En el fondo me rebelo contra el tipo de especialización que impone una determinada forma de vida que nos está volviendo demasiado rígidos. Nuestra voluntad ha echado raíces en un sustrato repleto de normas, costumbres, ideas y creencias. Para que la cosa se mantenga -curiosamente, lo llamamos avance- parece que hay que cumplir con las ideas establecidas a pies juntillas. Y si en algún punto se está en desacuerdo y se propone algo nuevo surge un conflicto que, según se trate, se resolverá después de mucho tiempo. Esto se aprecia mejor observando grupos pequeños, como, por ejemplo, los grupos políticos (pido disculpas por la horrible palabra y sus implicaciones). He observado que en éstos impera una ideología determinada y es difícil hacer aportaciones nuevas o mejores (es decir, fuera de programa), porque se vulneraría el espíritu del grupo. Esto mismo también lo he observado en otros ámbitos.
Parece que lo que ofrece credibilidad (refugio, confianza) es la seguridad con la que se afirma una soberana tontería, más que la exposición con reservas de una propuesta abierta e inteligente.

Hace poco cayó en mis manos una cita de alguien que decía más o menos: el motivo de revisar las ideas no es únicamente porque pueden ser prejuicios sino por el daño que puedan hacer a otros.

Cuando nos educaron en un estilo concreto nos entregaron una llave (de las muchas que hay) con la que acceder al mundo, para desenvolvernos dentro de él con cierta fortuna. Pero, el mundo cambió más rápido de lo que se había estimado. En realidad, no se trataba solamente de instalarse en el mundo con una herramienta cultural aislada, sino que además estábamos obligados –y esto no se nos dijo- a solucionar los problemas que nos iríamos encontrando al ejercer el oficio de vivir.

La cuenta estuvo mal hecha entonces, quizá porque se pensó el futuro desde el pasado -como decía Punset- de forma incorrecta.
Es cierto que muchos problemas se repiten y para ellos existen soluciones estándar más o menos efectivas. Pero las experiencias propias y las de otros demuestran que surgen otros muchos conflictos nuevos y diferentes, para los que todavía no existen fórmulas conocidas o bien experimentadas.
La necesidad, los instintos, la observación... etc. y el buen uso del cerebro, nos permiten ser previsores. Tenemos capacidad y datos de sobra para imaginar lo que todavía no ha sucedido, pero puede acontecer.
Creo que el cerebro es uno de los inventos estrella de la naturaleza - el primero fue la vida-, porque posee plasticidad y un potencial enorme. Hacerlo prisionero del prejuicio y de la costumbre, hasta el punto de dejar yermo el sembrado donde germina el pensamiento, me parece un crimen. Nos sobra inteligencia para poder hacerlo mejor, de esto estoy segura.


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Me encuentro en la recta final de exámenes, de modo que no podré asomarme en unas semanas por la blogosfera. Hasta mediados de febrero.
Un saludo desde la nave.