16 jul. 2007

Vacaciones de Realidad

Queridos amigos:
Necesito tomarme unas vacaciones para reconfigurar mis circuitos.
Os dejo con Yusuf Islam (Cat Stevens).
Un abrazo desde la Enterprise.


6 jul. 2007

Elefantes

Sobre los elefantes estuve ayer hablando a un amigo. Y, hoy, continuando con la lectura de Naturaleza Humana (que por cierto ya la estoy acabando) he encontrado que Mosterín habla de ciertas cualidades que hacen del elefante uno de los seres terrestres más especiales y entrañables. El autor se centra únicamente en su forma de reaccionar ante la muerte; frente a la muerte de un individuo toda la manada se preocupa y su actividad normal se ve transformada por su presencia. Lo que comenta en su libro lo hemos visto cientos de veces en los documentales, además de otros muchos comportamientos tan característicos que nos hacen calificarlos como un animal muy sentimental, solidario y de una nobleza extraordinaria.

Para mí, Elefantes, además de evocar a un simpático animal, cuyo enemigo más peligroso es el ser humano, es una Idea. Una Idea, cuya cristalización tuvo lugar cuando leí la novela Las Ríces del Cielo, que añadió una singular forma de percepcibir el mundo y que afectó definitivamente a mi vida: Elefantes.
Ya he hablado varias veces de Las Raíces del Cielo, aunque considero que son pocas si tengo en cuenta el inmenso favor que me hizo su lectura. Lo cierto es que si no hablo más es porque no quiero cansar. Soy consciente de que cada cual sintoniza sus frecuencias personales con las ideas que le convencen; es el modo de encontrar su virtud. Ortega diría al respecto que cuando alguien encuentra una idea que coincide consigo mismo la asume como verdad. (A esto de “verdad” le añadiría algún otro matiz, pero como generalidad la palabra me parece clara, me vale perfectamente.)

Sobre Las Raíces del Cielo oí hablar (en realidad, leí) por primera vez en una correspondencia publicada entre Änaís Nin y Henry Miller, hace ya más de dos décadas. Todo lo que se decían acerca de la intención del autor y sobre el libro era excelente. Por supuesto, me compré el libro; pero no fui capaz de avanzar en su lectura más allá de las cincuenta primeras páginas. Evidentemente, no estaba en sintonía con su virtud, quizá por falta de tiempo o, lo más probable, de madurez.

Es una novela con Elefantes. El autor fue un hombre que sintonizó con la virtud de estos magníficos seres, e imagino que por este motivo los eligió como protagonistas.
Romain Gary, desde luego, tenía Elefantes.

Contaré algo a grandes rasgos.

El protagonista, Morel, durante la Segunda Guerra Mundial cae prisionero junto a cuatro o cinco soldados más y es recluido en un campo de concentración. Para sobrevivir física y emocionalmente al horror, Morel y sus compañeros hacen “prácticas de libertad” disfrutando con la presencia de una simple mariposa que vuela delante de ellos.
Un soldado nazi, al percatarse de que se están tejiendo un nido de felicidad, caza la mariposa, la pisotea con su bota y fulmina el sueño de libertad que los distanciaba de la muerte. Con el fin de arruinar el ansia de libertad que mantine a los cinco soldados unidos y aún con ilusión, son confinados en un minúsculo recinto insalubre, sin apenas luz, sin jergones ni mantas y con escasos alimentos. Los carceleros acababan de asegurarles una agonía lenta que los conduciría a hasta el fin. Pero los prisioneros, para no sucumbir ante semejante suplicio, una vez más inician un ejercicio mental consistente en imaginar las siluetas de los elefantes, detenidas sobre una suave loma y recortadas sobre las rojizas luces del atardecer africano.
Con la imagen de los elefantes anclada en sus corazones, el sueño de libertad se convirtirá en su única realidad.
Al acabar la guerra, sólo uno de ellos no había podido soportar la tortura y acabó muriendo. Morel, una vez libre, se da cuenta de que está en deuda con los elefantes: les debe la vida. De modo que decide consagrar el resto de su existencia a defenderlos de las horribles matanzas a las que estaban siendo sometidos para comerciar con sus colmillos. Se instala en el corazón de África, donde el protagonista no atenderá a ninguna otra causa. Morel solo tiene Elefantes.

(Nota: Gary en alguna de sus otras novelas hace un guiño intencionado a los Elefantes, nombrándolos fuera de su contexto normal.)


1 jul. 2007

Costumbres del Corazón

Está muy delgado y tiene la piel amojamada. De aquélla fuerza suya tan solo queda un hilo de sudor en la memoria del pueblo. Ahora ya no habla con sus paisanos. Incluso parece que tampoco ve, excepto cuando hay una botella cerca que la olfatea con el corazón de lo tierno que la mira.
El tío Mon canturrea sin cesar y a ratos lloriquea de felicidad. Y así está él, ajeno al mundo y a sus horas, con una sonrisa a medias que le sirve tanto para reír como para llorar.
Está casado con la tía Carmen; pero no tienen hijos porque –a decir de todos- la tía nunca le ha dejado…
Una noche soñé que el tío Mon se subía al tejado para colocar unas tejas que un viento terrible había levantado, y que se caía; y al chocar contra el suelo se partía la crisma contra la piedra tallada del corral donde se sienta el abuelo. Dentro de mi sueño yo veneraba la piedra manchada de sangre, como si el tío hubiera dejado en esa mancha su eterna sonrisa. Y cuando veía al abuelo sentarse sufría porque pensaba que aplastaba el alma del tío Mon. Solo fue un sueño, aunque así supe lo mucho que le quería.

Todas las noches, cuando regresa del vía crucis de tabernas, camina despacio por el borde de la estrecha carretera, inclinado como un barco vencido por el viento. El cuerpo torcido del tío Mon sabe luchar contra la dificultad por la costumbre; cuando sus ojos aguados se encogen automáticamente al cruzarse con los faros de algún coche, que tiene que hacer un quiebro brusco para esquivarlo; entonces, sin pensar, levanta un brazo hasta la altura de la frente y entona un discurso. O cuando por una grieta del techo de nubes se escapa un rayo de luna, que el tío vuelve el sermón hacia ella, y la mira con ternura como si tuviese una cara amiga en un retrato, y se le queja por tomar los prados al asalto y dejarlos divididos con su afilada luz de metal. Después, se detiene sorprendido a escuchar el eco de sus palabras, convencido de que la voz está cayendo del cielo.

En cuanto la tía Carmen lo siente entrar en la casa, estalla de oficio hecha una furia y lo sacude con gritos y tortas. El pobre tío pide perdón de memoria, por el retraso, mientras sale entre balanceos o a gatas, por la curda y los golpes, a dormir al corral, con las pasiones amarradas por el vino; ahí fuera, con la voz empalagosa y las risas, continúa el discurso inspirado en su verdad y en la eternidad de la mente anestesiada.

Sus paisanos se le quedan mirando haciendo el gesto de no tiene remedio; aprietan los labios, levantan los hombros y se miran unos a otros sin decirlo. Todo el mundo en el pueblo lo mira y él no mira a nadie, aunque ningún cristiano le niega el vino al tío Mon.