31 may. 2007

Horas y Uvas

Con tu espiga fugaz
a la niña de tus ojos

probando la virtud del hueso

-el aire lo estremece
con el don de la piel-

.

y estaba el río
y estaba el chopo
y estaba el cielo
y tú no estabas

.

la adelfa me mira:

el hoy de sus flores
húmedo y urgente

.

en tu playa mi harapo enamorado
y su mapa vehemente del tesoro

.

sobre un nido de muertos
tu cigüeña se posa

junto al huerto de cruces, corre el agua



CARPE DIEM

si desde tú me viera
acaso me amaría

me compadecería de mi cuerpo
sobreviviendo apenas, ignorante
y oprimido

lo halagaría con un beso
que lo entristecería por primera vez

y lo abandonaría
llorado y limpio entre tus brazos:

como un dolor
feliz dentro del aire



ANANKE

el sol pica tus pómulos,
que, maduros, repican en mis labios

vivir jamás descansa



MITO

la grieta donde nos amamos
huele a fuego cautivo

fuera, la procesión de sombras

.

un ave se te posa en la mirada,

y su canción, que te acongoja, es otra:
nostalgia de tu vuelo


José Luis Vidal (Enlace)


(Selección de “Horas y Uvas”. Editorial Agua Clara. 2007)

25 may. 2007

Acostarse con las Gallinas.

La nieve seguía cayendo lenta y silenciosa. Hacía horas que el camino había perdido su independencia, y parecía erguirse desde el final bajo el tupido bordado de copos blanquísimos.
Todo fue poner el pie en el suelo y salir volando para estrellarme contra él: ¿nevando sobre hielo?
Además de dolor, con el golpe percibí cómo se hundía un cimiento de libertad.
Gateando conseguí acercarme hasta el todo terreno y ponerme a cubierto. Ascendí despacio por la loma y se abrió el valle, todo manchado, por donde andaban meciéndose algunas cunas blancas.
Esta era la celebración del invierno que más deseaba: la nieve, un bien escaso en mi vida.
Entre el miedo y la seducción comencé a sentir también timidez… o humildad, más bien.

Puse la reductora y dejé que Newton rodara camino abajo. Ya en el asfalto encontré a Benito, que había resbalado e intentaba levantarse. No parecía alterado; los lugareños nunca parecen alterados; es como si la complejidad del mundo no fuese con ellos, como si del aire o desde suelo acudiesen sencillas todas las respuestas.
Su serenidad me apacigua, esa es la verdad.

-Hola, Beni. ¿Necesitas que te acerque hasta algún sitio?
- Bueno… Sí. Voy al convento… Si me deja en el cruce de La Fortaleza…

Benito se sacudió un poco y subió al coche; el primer silencio aumentó la distancia entre nuestros asientos. Pero la voz de Benito la tajó en el momento oportuno. ¡Bendita sencillez!
-Parece que hace bueno, jejá, jejá…
-Sííí. Nada más salir por la puerta de casa me he caído. ¡Menuda sentada me he dado!
-Jejeje… Es normal… Para el que no está acostumbrado…

-¿Sabes si durará mucho?
-¡Ay! Y, ¿quién sabe eso? Pero no creo. En la montaña… puede. Pero esto es la costa. Quién sabe eso…

El silencio tomó asiento nuevamente entre los dos.

Contagiada por su presencia, retomé la conversación.
-¿Madrugas mucho, Beni?
- ¡Huy, ya lo creo! Mire, me levanto a las cuatro y media o cinco de la mañana. Ordeño las vacas y las arreglo para que salgan al prao. Saco las cántaras hasta la parada del camión de la recogida. Arreglo la casa y preparo el desayuno de toda la familia; para cuando ellos se levantan ya está todo listo. Y ahora voy al tajo... áhi, en el convento de monjas de La Fortaleza…

-¡Caramba, Beni! Te acostarás con las gallinas…
-¡¡¡Nooó señora!!!! ¡¡¡¡Yo me acuesto solo… y en mi cama!!!!

El bucolismo se me atragantó con un bloque de aire y saliva. Deseé con toda mis fuerzas que no añadiera nada más y que la distancia volviese a separarnos gracias al silencio. Aunque, no me sentía salvada. Cómo iba a salir de ésta si acababa de chocar la poesía contra la superficie del entendimiento.

La situación no dejaba de tener su encanto.

Miré a Benito por el espejo retrovisor: su alegre seguridad había sucumbido a la idea fatal del gallinero. Permanecía callado y mirando por la ventanilla, con los ojos verdes tan redondos como los de un niño.
Tenía que hacer algo para salvarle. Así que se me ocurrió lo más sincero: ofrecerle una explicación del dicho popular, que nos salvaría a los dos.

-Beni, bueno… es una “especie de refrán”. Cuando alguien madruga mucho tiene que acostarse temprano para dormir suficientes horas. Y como las gallinas, en cuanto se pone el sol se duermen… y en cuanto amanece se despiertan... En realidad lo hacen todos los pájaros excepto las lechuzas, los búhos… ¿Sabes? Es una forma de hablar, un dicho popular… No sé… ¿Me entiendes, Beni?

Desde el retrovisor le lancé una sonrisa suplicante.

-Sí, Sí, señora. Lo que usted quiera. ¡Pero yo me acuesto solo y EN MI CAMA!

Y se instaló otra vez un silencio extraño, del que ni él ni yo pudimos ya prescindir.

Entre la placidez con la que nevaba y la lentitud de la marcha, durante unos instantes dudé de la realidad, porque la sentí flotar en una burbuja de bondadosa quietud. Este es el efecto exacto que me produce la presencia de la nieve.

Benito bajó del coche en el cruce que llevaba al convento de La Fortaleza. Solo se oyó mi adiós sin respuesta. Entonces supe que a los humanos, como frutos de la tierra que somos, al margen del repertorio de ideas que hemos compuesto, nos queda el instinto del amor. Y empecé a reírme, presa de un ataque de cariño por Beni.

21 may. 2007

Témporas

Mientras pienso en alguna miguita del libro de Mosterín para ir dejando un rastro por aquí, me voy a columpiar un poco con el asunto de Las Témporas. Esta palabra la oí por primera vez al llegar a esta región. Reconozco que es una cosa curiosa.

No es que me fíe de la meteorología popular. Las témporas a mí no me dicen nada; para que esto suceda supongo que tendría que haber nacido aquí y bajo su influencia, pero no es el caso. Sin embargo sí me fío del ojo clínico de los marineros, cuando con una clavada de ojo en el horizonte del mar mueven la cabeza negativamente para decir que la cosa pinta mal. Tienen un olfato especial. No olvido, claro, que a veces solo está mal en el mar y en tierra hay un sol radiante. Ellos suelen hablar de “mala mar” para decir que hay mar de fondo, y muchas veces coincide el temporal de mar con lo que también azota en tierra.

La primavera, según las témporas de las que hablan por esta región, creo recordar que se iba a presentar revuelta y pasada por agua. Bien, reconozco que los lugareños han acertado.
Por cada día de sol que estamos teniendo, después los cielos se cobran el préstamo con niebla, lluvia o viento durante días. Aquí hace frío y todavía hay que tener puesta la calefacción; y en el sur, mientras tanto, están ya pasando calor.

Ayer, por ejemplo, no dejó de llover en todo el día. Para rematar la faena, además hubo torneo de rayos y truenos y no pude encender el ordenador en toda la tarde.
Pasé el día leyendo (qué otra cosa podía hacer). Para apagar el humo que me echaba la cabeza hice descansos en los que el único recurso era mirar por la ventana.
Desde la puerta de porche, le pedí a Galatea que hiciera esta fotografía:





Hay que reconocer que hasta cuando llueve el norte es maravilloso. El campo se cubre con una luz… no sé, entre gris y blanca; todo queda como embebido en un blanco roto. Es espectacular. Produce melancolía, sí, ya lo sé. No es un estado de ánimo alegre el que deja. Pero es una melancolía tan especial como especial es la luz reinante.
Aunque en la imagen no se ven las gotas, está lloviendo a cántaros, por eso está algo difuminada.


Estoy suspirando por el primer día de sol cuando, tras varios de lluvia, el cielo regresará con un azul intenso; el paisaje estará como recién lavado y vendrá soltando unos grados de color que ya no creeré terrenales.


Saludos desde la Enterprise.

Fotografía: Tarde Lluviosa en La Cambra. (Galatea)

16 may. 2007

¡Por fin!

Por fin, hoy, he conseguido tener un libro que estaba agotado desde hacía un par de meses.
El título: “La Naturaleza Humana”. De Jesús Mosterín.

No entraré en detalles de cómo supe de este autor ni que fue lo que me convenció para decidir comprar el libro. Sería una pesadez. Pero estoy tan entusiasmada que tengo que compartir esto. No me ha dado tiempo de leerlo, lógicamente, lo he traído hoy. Aunque no me separo de él.

Lo que sí he hecho ha sido almorzarme el prólogo, que es suyo.
Y he encontrado cosssaasss que ronronean en mi cabeza: presiento que mis neuronas ya le tienen afecto.

Por ejemplo, cuando dice:
“uno no sabe si lo que va a escribir va a servir para algo. A mí me gustaría que este libro sirviera para fomentar la virtud de la lucidez, que contribuyera a elevar nuestro nivel de autoconciencia de lo que somos y, por lo tanto, a sentar las bases para un discusión de los temas relacionados con la naturaleza humana que fuera serena, racional, objetiva y ayuna de prejuicios y tabúes."

¿Acaso no es un sueño precioso? Estas palabras, serena, racional, objetiva y ayuna… ayshhh... brillan como diamantes.

La portada del libro tiene este aspecto.



Cerca del final (del prólogo) comenta, “este libro se ha beneficiado de la lectura previa, competente y detallada…” de varias personas, de las cuales conozco a tres, más o menos, que por haber leído algo de lo que han escrito me ofrecen garantías.

Una de ellas es Eudald Carbonell –que me encanta-, el Codirector del Proyecto Atapuerca.

Aquí va una foto:


¿A que es atómico?



Voy a estar entretenida.
Quizá vaya dejando unas miguitas de lo que lea por aquí; aviso.
Hasta la próxima.

Saludos desde la Enterprise.

14 may. 2007

Salve Marinera.


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Al cruzar el pórtico me sacudió una voz hueca y artificial, que se incendiaba con los ecos en las expresiones “Caballeros del Mar” y “Señores del Mar”. El oficiante se refería así al hablar de los marineros, y no porque las expresiones fueran un capricho de su edad avanzada o un comodín en sus sermones. No. El sacerdote estaba tan emocionado que al pronunciar el nombre del difunto su voz se volvía frágil como el cristal. Cuando recordó la boda de Elías y el bautismo de su primer hijo, todo bajo la segura bendición de sus manos, la voz se le rasgó levemente, quizá porque le asaltó el pensamiento fugaz de que en el momento de administrar los sacramentos, por encargo de Dios hacía una promesa que ninguno de los dos podría cumplir.
No tomé asiento; me quedé cerca de la puerta y apartada a un lado, desde donde podía ver con cierta altura toda la iglesia. El sol castigaba los peldaños de la escalinata de entrada, pero no osaba pasar de allí; aunque, unos rayos fugitivos salpicaban manchas pálidas desde arriba sobre las cabezas de los fieles, que a mí se me antojaron como un lecho de piedras inertes de tan quietas que estaban. Cuando conseguí acomodar la vista a la penumbra pensé que en un día como este tanta luz es un pecado y del color de la piedra habría de ser solo el cielo.
Los recuerdos me sacudieron a mí también. Elías, alto y tímido, una criatura en exceso humana, venía sonriendo hacia mí y me miraba. Sonreía siempre; en el puerto, en las escaleras de la Cofradía, desde el puente del barco, en la Plaza, en la calle. Así lo recuerdo.
Hubo una pausa. Unos instantes después los fieles se pusieron de pie para cantar, rompiendo en el aire la Salve Marinera. Las voces se alzaron a un tiempo en un canto reflexivo y sereno, cuya intensidad las unía de modo impecable en un único cuerpo. Jamás había escuchado nada igual. Las lágrimas me cayeron a borbotones.
El paso de una nube errante convirtió momentáneamente en vivas las figuras humanas que antes me parecieron piedras, como si de la muerte hubiesen nacido flores espontáneas.







Fotografía de Galatea: Procesión. (Puerto de Santoña)

10 may. 2007

El modo de sentir

Entro de puntillas para opinar, con una meditación avalada por un poco de experiencia. Me apetece hablar del sentimiento, en concreto, del amor.
Allá donde me dirijo por la Web encuentro cosas sobre el amor, de lo más diversas. Y tengo la impresión de que todas las formas creadas para hablar y escribir sobre el amor son un modo de transitar a través de sus tesoros, mediante el necesario y delicado saqueo de los significados de la palabra. La verdad es que todos estos modos de usar las palabras contribuyen a mi propósito de caer más hondo en la reflexión.
No puedo evitar la idea de que cada opinión sobre el tema del amor está apoyada en el modo personal de experimentar el sentimiento. Tampoco puedo abandonarme al experimento de amar y dejarme arrastrar sin más: quiero comprender. Por ello tiendo a reducir el subjetivismo e intento buscar otros sembrados desde los que poder analizar su vinculación a la belleza y al desastre.
Entre todos los sentimientos que experimenta el ser humano al encontrarse en el mundo, el amor es uno de ellos: un tema atractivo por innumerables motivos.
Se nos ha enseñado a apreciar las cosas desde lo pequeño, a parcelar las situaciones para facilitar su dominio, con el pretexto de valorarlas y acceder a su comprensión. Tiene lógica: vivir es un experimento de laboratorio donde cada componente es un rey. Pero no se nos adiestra para analizar con rigor esos componentes de la vida por temor a que pierdan el encanto del misterio. Parece que solo interesa tener dominio a través de unas recetas o hábitos que son de utilidad para salvar las situaciones. Y, también, que sin misterio no hay entusiasmo, como si únicamente fuésemos seres propensos a la pasión y punto.

Me doy cuenta de que las circunstancias nos moldean; el mundo que nos rodea nos afecta provocándonos sentimientos y, por lo tanto, entran en la dimensión de la experiencia. El sentimiento es una respuesta del organismo, un modo de evaluar lo que percibe cuando entra en contacto con el entorno. Las percepciones placer/sufrimiento, atractivo/repulsión, bueno/malo, etc., son respuestas a lo real y están relacionadas con nuestra capacidad de conocer, de tal modo que hemos abierto una dimensión efectiva que se traduce en expresiones universales como, por ejemplo, el llanto ante el dolor.
El sentimiento nos arranca una forma de expresión universal –el miedo- y nos incita a un comportamiento -la huída-. Pero la realidad sólo nos promueve el sentimiento, no lo determina; porque tenemos voluntad, con ciertos límites, desde luego, de hacer y de cambiar el estado de las cosas. Es decir, podemos llevar la contraria al comportamiento que nos propone el sentimiento y controlarlo, dejando de huir ante la situación de miedo.

¿Es razonable sentir pánico ante una simple araña?
Nos han enseñado a colocar en una balanza la realidad aun lado, la emoción a otro y sopesar. Para responder a la pregunta, habrá que buscar una correspondencia entre la realidad y el sentimiento que ésta nos provoca, y ver si guardan una proporción exagerada o no. La conclusión parece clara: el sentimiento puede educarse y cabría hablar de los hábitos sentimentales, que es precisamente a donde quería llegar.

Ya en este punto -los hábitos sentimentales- me pregunto qué grado de pureza tiene el amor que siento por los demás y cuánto encierra de préstamo educativo. Porque, como todo el mundo, persigo sentir y comprender la naturaleza del amor ya sea fraterno, solidario, errático, romántico, etc.

Con la literatura y la poesía se ha conseguido liberar a las formas de su sola imagen y se las ha rescatado del silencio. El arte es una excelente manera de medir y ahondar en el asunto de las emociones; así que me pregunto cómo o qué siente en realidad el poeta cuando, tímidamente, solo intuyo que se deja mecer por el sentimiento hasta llegar a un cierto estado de intimidad donde incubar la realidad, que luego eclosionará en bellísimas metáforas.
Aunque no lo parezca, la operación de inspirarse es una acción vigorosa; no sólo es pensamiento lo que fluye sobre el papel: las palabras son un barco y el poeta el navegante que habrá de liberar las emociones que custodia el corazón.
¿Hay alguien que guarde algún otro secreto?


¡Ay, ay, ay, lo que da de sí navegar con la Enterprise!
Saludos inter galácticos.

4 may. 2007

Agua y Sal

Quiero ser Mediterráneo.
Nunca he sabido lo que quería ser de mayor. Ni tan siquiera ahora, que soy mayor. Aunque, he sabido esperar como dicta la vida; la vida, el mejor fruto del mar, o el más valioso.

Un mar apresado por el color de las bondades,
peregrino sobre la arena, que en su esquina vence al tiempo.
Paciente, siempre ha estado ahí. Años atrás, en Rusiente, si algo andaba mal, si había problemas, buscaba su respiración sosegada.
Es cierto. Cuando lo necesitaba estaba ahí, esperándome con la mirada eterna desplegada.

Un alma salvaje
donde la paz convive con el imposible silencio.

Podía salir de casa o del instituto hecha una furia. Caminaba deprisa, demasiado deprisa.
Por las calles perpendiculares al puerto me cruzaba con la brisa tibia del Levante. Pasaba junto a la Plaza del Mar y me escabullía por detrás del Meliá. Antes de llegar al final del espigón, su influencia salada ya crujía en mis labios.

Un sembrado celeste
donde la Historia y la luz navegan despacio.
Sí, siempre me ha parecido que el mar respira. Y aprecio la diferencia; ahora vivo a orillas del Cantábrico y éste, sólo ruge.
Para mí que era como una arteria cálida, que latía y latía hasta entregarme el ajuar de mi alma.

Donde, raras veces, la nubes
forman un corro para verter en él sabios cuentos.
O un mercado en el que él vendía pensamientos absueltos, soledad adecuada y rutas lejanas. Y yo soñaba que todo lo compraba.

Quiero que el mar me aguarde,
y me obsequie con los destellos de su huerto.
Ahora que lo tengo lejos pienso que me dio la mejor de las lecciones al hacerme heredera de un sentimiento de convalecencia permanente.

Porque tiene una receta que solo él conoce;
y un oficio - crear la vida-, el más viejo del mundo.
Por eso, al despertar cada mañana, tomo el día por un extremo y agito las horas y las exprimo hasta la llegada de la noche, cuando curaré el cansancio de haber vivido intensamente.

Y porque de la lluvia es el cuerpo,
que se concentra en una sola raza.
Quiero ser Mediterráneo, su voz y con su ausencia.

Agua y sal en una pieza.