25 abr. 2007

Desayuno con Glicinias

La niebla, esta mañana, daba un aspecto antiguo al paisaje; las nobles figuras del encinar asomaban indecisas de entre los misterios del suelo. Otros enseres flotaban también, sobresaliendo parcialmente sus relieves, como por un descuido de la misma sepultura.
Desde la ventana he contado, dos, tres, cuatro tejados rojizos de casas centenarias, en vigilia desde hacía ya unas horas, cuyas chimeneas contribuían a inflamar aún más la niebla. El rumor de la actividad de todas ellas ha venido a unirse a la primitiva ceremonia de la luz matinal.
El mar, no muy lejos, ha estado durmiendo toda la noche, regalando un reposo efímero. Y se presentía la playa, porque relucían los párpados blancos de las olas, cerrándose contra la orilla.
En la aventura de sentirse, he deseado que mi alma musite al invisible oído de mi cerebro lozanas palabras que inspiren imágenes indescriptibles: he amanecido con sed de música inédita y de acordes serenos.
Con las primeras brazadas del sol he salido fuera: la hierba estaba sembrada de rocío.
El desayuno, bajo la glicinia.


Fotografía de Galatea: Glicinias en la Terraza.

19 abr. 2007

El Niño de Taung

En el año 1924, el joven científico Raymond Dart se abrochaba los botones de la camisa, con la mente apuntando hacia otra parte. Su mujer, Dora, le apremiaba: era el padrino de la boda que se celebraba en su casa y no podía dormirse.
El novio ya había llegado y la novia no tardaría en hacerlo. Pero el padrino continuaba en las nubes. Si lo que estaba pensando se confirmaba, su intuición alcanzaría de lleno en el centro de la diana.
Cultivando una pasión durante años, llegado el momento, se hace posible recoger una hermosa cosecha. Aunque, en esta ocasión, el corazón de Raymond había encontrado un atajo, gracias a la casualidad. Oyó la campana de la puerta principal. Se apresuró a colocarse la chaqueta y, sin dudar un instante, se precipitó escaleras abajo. Al llegar al recibidor se detuvo bruscamente ante dos horribles y voluminosas cajas de madera tosca y sin pintar. Dora no cesaba de dar vueltas. Al verlo paralizado ante las cajas le reprochó la pérdida de tiempo, tan escaso en aquel momento. Tenía que terminar de arreglarse para la ceremonia; de ninguna manera abriría las cajas.
Pero el científico llevaba semanas esperándolas y no podía resistirse. En cuanto su mujer desapareció se abalanzó sobre la primera. Como un fugitivo, volvió la mirada hacia todos los lados; realmente se sentía luchando contra todo. Levantó fácilmente la tapa y… se llevó una decepción. Agobiado por la excitación y por la inquietante falta de tiempo abrió la segunda caja. En su interior encontró, entre un grupo de enormes piedras, dos piezas de incalculable valor: la parte posterior de un cráneo y el molde de un pequeño cerebro, el cual encajaba perfectamente en la primera.
Sus informadores le habían sugerido que ambas piezas pertenecían a un simio corriente, un babuino. Sin embargo, Raymond, al ser informado sobre sus características albergó ciertas dudas. Tenía amplios conocimientos de anatomía; con el material delante se daba cuenta de que no era cierto. Sus sospechas se confirmaron. La reproducción que tenía ante sí era de mayor tamaño que el cerebro de un babuino; además, mostraba características humanas. Rompió en una sonora carcajada: otra casualidad había hecho que recibiera un tesoro, vestido de gala. Durante unos pocos segundos se sintió inmune a sí mismo: la eternidad estaba ante sus ojos, entre sus manos.
Unos tirones en la manga le hicieron volver a la realidad: la novia estaba esperándole.

El científico estaba absolutamente seguro de que se trataba de un antecesor muy primitivo de la humanidad y propuso un nombre para el ejemplar fósil: Australopithecus Africanus. Mientras que por la prensa fue bautizado como El Niño de Taung.
El informe que presentó Dart fue criticado inmediatamente. Se lo tachó de joven entusiasta y fue acusado de precipitación. Los paleo-antropólogos británicos afirmaron que los rasgos faciales infantiles son notablemente más suaves que los de un ejemplar adulto. Únicamente, se defendió la posibilidad de que se tratase de un fósil de gorila o chimpancé; pero en ningún caso se admitió que fuera un antepasado remoto del hombre.
Entre tanto, un magnífico fósil de Homo Erectus -El Hombre de Pekín- se llevaba todo el protagonismo.
La fama del Niño de Taung naufragó en el olvido. Raymond, desbordado por las críticas, abandonó definitivamente la búsqueda de fósiles.
Durante las dos décadas siguientes, en otro yacimiento africano, fueron apareciendo restos de otros ejemplares de Australopithecus Africanus, que rescataron al Niño de Taung del hundimiento. La comunidad científica se vio obligada a reconocer las certezas del trabajo de Raymond Dart; con ello recibió todo el reconocimiento que le había sido arrebatado hasta el momento.
El científico manifestó el alto precio que había pagado por su hallazgo, afirmando:
No es bueno ir por delante cuando se va a estar solo.


Raymond Dart: (1893-1988)


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15 abr. 2007

La Propiedad del Destino

Una Visión de la Dinámica del Universo




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1

Con los gustos educados,
y domados ya los actos, por la costumbre,
camino a través del sentimiento,
buscando motivos que añadir al corazón.
Y mi corazón, culpable de inocencia,
se agita en su pulso, crece en otra orilla.
Y no caigo en la trampa:
es la Necedad, y no el amor,
quien me atormenta,
al advertir que una lágrima,
poco importa.

***

2

Con la imaginación desamparada,
y rendida ya la voluntad, a la diáspora,
navego a través de los sueños
buscando razones que nutran el entendimiento.
Y mi mente, culpable de rebeldía,
se aferra a su dueño, un lugar en lo cierto.
Y doy caza al farsante:
es la Bestia, y no un fracaso de la mente,
quien me causa daño,
al comprender que lo valioso,
apenas tiene precio.

***

3

Con los sentidos rendidos a la belleza,
y los instintos ya, criaturas talladas,
viajo a través del conocimiento
buscando la cordura que fecunde el futuro.
Y mi cuerpo, reo de vida,
reclama su aventura, una morada en otra existencia.
Y se detiene en la frontera:
es el Universo, y no otra promesa,
quien con su dictado me somete;
siente el cuerpo que, en lo esencial,
le es indiferente.

12 abr. 2007

Nana de la Palabra Ausente.


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Las ideas se visten
con bellas palabras;
pero, ellas,
las palabras,
shhh...,
que no despierten;
aún están dormidas.
...
Las ideas sueñan
con dulces voces;
pero, ellas,
las voces,
shhh...,
que no despierten;
aún están dormidas.
...
Duermen las palabras,
donde las ideas han de crecer;
pero, ellas,
palabras, luces, voces,
shhh...,
que no despierten;
aún no están maduras.
...
Al sanar del sueño
saltarán las luces,
que traerán las voces
y las palabras,
a este lugar austero
colmado de ausencias.

5 abr. 2007

Ercávica

Nacimiento de una pasión.

Todavía no había entrado el otoño y el sol caía enfurecido desde las primeras horas de la mañana. Las aguas azules del pantano contrastaban en color con la claridad excesiva de la tierra circundante. Resultaba alarmante la sequía.
Sobre el lejano lomo del montículo apenas se divisaban unos cipreses de corta edad. Lentamente, ascendimos por la carretera de tierra que subía hasta lo alto del cerro.
En la cima nos estaba esperando. Al vernos a lo lejos, el arqueólogo extendió los brazos. Se acercó sin prisa y su figura empezó a flamear bajo los efectos de la tierra caliente.
La pasión brillaba en sus ojos oscuros. Y el entusiasmo había ido esculpiendo su rostro año tras año. Era muy joven todavía.
Su garganta empezó a derramarse nada más encontrarse junto a nosotros, y continuaba haciéndolo con cada paso que dábamos. Cada minúscula piedra, cada centímetro de tierra, encerraban pacientemente un secreto que se nos iba desvelando con los acordes se su voz.
Vivía la arqueología. Escucharle me maravillaba; le veía aletear a nuestro lado con tanta alegría que no podía arrancarme la sonrisa de la cara.
De inmediato sentí que debajo de nuestros pies estaba latiendo un corazón de mil ochocientos años.
Habíamos recorrido solo un tercio de aquel sembrado arqueológico, cuando uno de los excavadores lanzó un aviso. Tenía una sorpresa preparada, que dependía de la casualidad. Nos acercamos hasta un lugar concreto y los excavadores se apartaron abriendo un círculo. El arqueólogo nos invitó a acercarnos.
Siguiendo sus instrucciones rasqué delicadamente con un dedo la zona que me indicó; la tierra se convertía en polvo con suma facilidad. Me entregó una brocha para que limpiase la superficie que acababa de destapar y apareció una cenefa de vivos colores.
-Tócala con suavidad –me dijo-.
Y, como si fuera el objeto más frágil y delicado del mundo, rocé el dibujo con las yemas de los dedos.
- Hace mil ochocientos años alguien de esta ciudad tocó esa pintura. Desde entonces, eres la primera persona en volverla a tocar.
Las palabras del arqueólogo me inundaron con un sentimiento desconocido hasta entonces. Advertí una contracción del tiempo; y en mi interior empezó a dilatarse una nueva percepción: me sentí enormemente humana.

Mi mano limpiando la cenefa.

Excavación arqueológica de la Ciudad de Ercávica.


Saludos desde la Enterprise