29 mar. 2007

La Campana de Huesca

Cuenta la leyenda que, habiendo muerto el rey Alfonso I el Batallador sin heredero quedó el trono de Aragón en defecto y a su hermano Ramiro correspondía el derecho.
En mala hora, la noticia; pues, para tal empresa, hubo de abandonar el monasterio de San Ponce de Tomeras, entre cuyos muros se hallaba con buen acomodo.
Y en mala hora, el destino; que, habiendo partido hacia el cautiverio de ceñir corona, ya llegado a la ciudad, se encontró lejos de parar en júbilo.
Así fue que Ramiro sintió un gran peso: había de cargar con la mala disposición y el recelo de los nobles, y con menos honras que las esperadas por un rey.
La falta de obediencia le consumía el ánimo; y le ardió hasta el punto de quedar a merced de la confusión y la sin paciencia.
Le pesaba ya tanto el reino que envió un mensajero de su confianza a que pidiera consejo al abad de San Ponce, su maestro.
Llegado al destino el mensajero, le ordenó el abad acudir al huerto del monasterio.
-Tiende tus sentidos sobre lo que vas a ver -le dijo.
Y tomando un cuchillo, el abad comenzó a cortar las coles que más sobresalían.
Se volvió, luego, a mirar al mensajero:
-No habré de darte respuesta alguna; más, a tu vuelta, cuenta a Ramiro todo cuanto aquí has presenciado.
A su regreso, el mensajero relató lo visto al rey, quien no hubo de cavilar demasiado y de inmediato supo aprovechar el mensaje, dándolo al corazón por entendido.
Ramiro II, el Monje, anunció su intención de construir una campana tan grande que sería oída en todo el reino. Con tal pretexto atrajo a sus nobles, convocándolos a cortes, a palacio.
Así que fueron entrando, sin recelar los primeros, en la cámara, los esperaba un verdugo que iba cortando a cada uno la cabeza. Cuando el rey hubo contado hasta trece, en el suelo formó un círculo con doce de ellas; y apuntando a su centro mandó suspender del techo la última, la del tenido por más rebelde.
Y así que se llegaron el resto de los nobles, y estuvieron ya todos presentes, al fin les mostró Ramiro La Campana que anunciaría el destino de todo aquél que osara desobedecerle.




La Campana de Huesca. Óleo de José Casado del Alisal, 1880

28 mar. 2007

Tu Secreto está en mi Sueño.

Le estuve observando días; un par de semanas quizá.
Desde el principio ya sentí que me hablaba, que me miraba cuando no le veía.
Yo hacía lo mismo.
Le hablaba sin saber si me entendía; le hablaba en silencio: él con su vida y yo con la mía.
Procurábamos ponernos cerca el uno del otro, pero sin exagerar: las situaciones venían rodadas, aunque procurábamos que rodaran a nuestro favor, sin forzarlas.
Soñamos con encontrarnos en soledad pero sin quererlo; para no mancillar el hechizo que nos había caído sin querer.
Sin querer, insisto.
Pero la tela del corazón se teje sola y no es nada fácil decirle, "¡para!, no sigas creciendo..."
... Y la dejamos crecer, con calma.
A mí de él, no sé, sus ojos quizá; o tal vez fuera que él tiraba de mí por lo bajo y yo me dejaba.
No sé como fue; pero ahí estaba él con sus ojos; y yo atada a ellos oyendo cómo me llamaba, de vez en cuando, por lo bajo.
Ahora sé que me oía, que me sentía.
Ignoraba lo que pensaba; imagino que lo mismo: no quería, pero tampoco huía.
Soñé que, un día, le diría:
¿sabrás guardar un secreto?
Y que él me miraría sorprendido y dudaría. Y, después, diría: "sí".
Y le pediría permiso, porque un beso es un acto de intimidad.
Le diría: un beso, ¿puedo?
Y él diría: "bueno". Y esperaría.
Yo le tocaría la cara con las manos, me acercaría y cerraríamos los ojos los dos para notarlo bien, sin extraños.
Y pondría mis labios sobre los suyos, y me movería un poco, pero no me iría, quedándome allí un rato.
Y me estaría besando con ternura, con delicadeza, con cariño, con gusto.
Después, nos miraríamos. Entonces, ya todo sería diferente: el tendría algo de mí, y yo de él.
Su beso pendería de mi garganta y bajaría derechito al corazón.
Él, lo mismo.
Un secreto,- me diría-.
Lo guardaré aquí,- le diría yo -.
Y nuestros ojos de mermelada se sellarían con otro beso.

Y cada año, el mismo día, recupero mi sueño; y pongo la mano sobre mi secreto y le beso con delicadeza.
Y él, lo mismo.

23 mar. 2007

La Ecuación del Silencio

El tren se detuvo en mitad de la pradera nívea. En el compartimiento, todos se miraron con asombro. Nadie pronunció una palabra. Como autómatas, empezaron a mirar por la ventana. Alguien liberó un suspiro.
Un par de minutos más tarde, las luces se apagaron. El cielo, entretanto, se explicaba raso, sin nubes; tan solo unos fríos rayos de luna lastimaban la nieve afuera.
Las ruedas se habían detenido sin aparente motivo. Y se sintió incómodo. Nadie pronunció una palabra. Los altavoces permanecieron mudos. El inmenso cuerpo de metal que los contenía dejó de chirriar.
Por primera vez en todo el viaje se preguntó qué hacía junto a cuatro desconocidos que no había visto nunca ni volvería a ver jamás con toda probabilidad. En unas horas, las presencias que le acompañaban en el vagón, ahora arropadas por sus secretos, serían pasto del incendio de su memoria y quedarían reducidas a cenizas de silencio en el recuerdo.
La inesperada parada y la falta de luz repentina empezaron tal vez a oscurecer ya su mente, y bajo la influencia de la presencia de los desconocidos quedó a merced de una ignorancia atroz.
Sus pensamientos se centraron en el impulso que le había traído hasta un vagón de tren. De entre toda su confusión flotaba una idea; una idea, que desde hacía meses giraba en su cabeza como una célula convectiva que cuando estaba nítida ascendía clara hasta la superficie, donde no conseguía instalarse pues perdía entusiasmo y se enfriaba, para volver a hundirse atraída por años de prejuicios y de inercia. La ciencia, que nunca había dejado de perseguirle; nunca había sido capaz de escapar a una simple ecuación; era un inútil para trasportar fuera del papel e idealizar uno solo de los conceptos que tan hábilmente manejaba en el laboratorio.
La ciencia ha encontrado un lenguaje que, a veces, no llega a filtrarse por los poros humanos.
Inició un viaje para atravesar un tiempo, que en tren resultaría más largo. En los cauces de los ríos, el agua arrastra materiales arrancados a su paso y va creando curvas con depósitos que cambian sus fisonomías y relatan una historia. La ciencia le involucraba una vez más. Porque, precisamente, en esto pensaba cuando decidió en qué medio viajaría; y eligió un sistema que le asegurase muchos días y suficientes curvas para atrapar las esencias que cambiarían el resto de su vida.

El tren hizo un intento de marcha. Un poco antes había vuelto la luz. Los compañeros de viaje se miraron con ojos somnolientos y mucha dificultad. Los elementos metálicos del vagón reanudaron sus lamentos. Los tirones violentos, envueltos con el ruido afilado de las ruedas sobre la vía, eran sinceros. Y el tren se movió.
Alguien dijo: ya era hora. Un hombre.
Otro, enfrente, respondió: lo importante es que avancemos.
Los demás asintieron con la cabeza.
Después, como de costumbre, silencio.

La nieve volvió a brincar de nuevo a lo largo del cristal, junto a los reflejos humanos inmóviles y débilmente iluminados.
Observó el avance de la nieve, animada con la luz azulada que escapaba por la ventana del vagón. Unos metros más allá, en la oscuridad, se adentraron sus años de silencio, que comenzaron a perderse. Todavía quedaba tiempo hasta el amanecer.

Correspondencia Poética de dos Físicos

Entre Arnold Sommerfeld y Max Plank


De Arnold a Max

Allí donde arrancar flores
fue mi único afán,
la tierra virgen tú
lograste cultivar.



De Max a Arnold

Yo también, como tú, arranqué flores.
¿Por qué no combinamos su belleza
haciendo un intercambio con las flores
para que, en primorosa guirnalda, brillen más?


Saludos desde la Enterprise.

21 mar. 2007

Pasear por las estrellas.

Había algo en mí que intrigaba al sacerdote.
Con estas palabras me abordó una tarde, al iniciar nuestro paseo:
- No sé adónde quiere llegar, doctor, se lo aseguro.
-Y yo no sé a qué se refiere, padre-, dije, un tanto intrigado.
-Pues a que cuánto más hablo con usted, menos le conozco-, respondió.
Aunque el cura ejercía con maestría, no obtenía resultados ya que el problema de la luna persistía y no tenía visos de arreglarse. Al menos yo no creía que la luna fuera una radio.
Por otro lado estaba mi soledad, que le preocupaba en exceso.
Quizá le dominaba una secreta intención de adoctrinarme, aunque nunca podré asegurarlo.
Con la llegada a Sucrelagua, yo había prescindido de casi todo. Mi familia era un accidente, algo anecdótico a estas alturas de mi vida. Y por parte de la civilización ya había tenido bastante. Si tenía que vivir al amparo de algo sería de la realidad de la Naturaleza.
El mundo está lleno de cosas que con su presencia nos ponen la Historia en bandeja. El hombre intenta dominar la vida relatando hechos; y puede que luego pretenda deducir o adivinar el paso siguiente, al modo del científico, que debe regresar sobre sus pasos en los cálculos para abordar los siguientes.
Pero la historia no depende solo de lo que cuentan los hombres. Sobre el tronco de un árbol centenario está escrito un fragmento de ella. Hay cuerpos celestes y otros muchos seres, que con su existencia la han inspirado. Y desde todos sus hijos fluye un tiempo que permanece unido, como si los instantes tuvieran polos opuestos que se atraen inevitablemente.
La Naturaleza está en todo y es transformación; es un ir constante; es eterno movimiento.
Pasear por las estrellas es caminar por la Historia.
Aquella tarde le dije a don Anselmo que la Historia es el Antiguo Testamento y el nuevo se va escribiendo día a día.
Y, al despedirnos, el cura me absolvió.

20 mar. 2007

Voz de Don Quijote

Entre las páginas de un libro, a cuyo autor acuso de genio, nací ya hecho.

Me otorgó media vida plácida, entre amigos y libros, y en mi hacienda.

Como un cautivo, de sí mismo, me arrebató la cordura y me prestó otra vida: la esculpió con sangre y tinta.




De un escudero me hizo el amo,
queriendo verme salir ileso,
o para alimentar su sueño,
más le otorgó poco seso.


Gran potencia la de mi dueño, que me unció cabal,
me armó de loco enamorado y me abandonó, al futuro, inmortal

Saludos desde la Enterprise.

19 mar. 2007

Petra.

Una fría mañana de invierno, Gregorio Samsa se despertó convertido en su secretaria.
No recordaba haberse traído ningún sueño desde el fondo de la noche. No se levantó con la impaciencia de siempre, que le hacía saltar de la cama para dirigirse al baño, y acto seguido lanzarse por las horas que iban componiendo su vida desde hacía cuarenta y ocho años. Resultaba extraño. ¿Acaso no había soñado? ¿Qué había estado haciendo entonces? La luz se dilataba lentamente y los muebles del dormitorio iban recobrando su forma de siempre. Había amanecido y todavía no se había levantado. Tenía sueño y frío; además, presentía que si se precipitaba le entraría un humor de perros.
Gregorio Samsa era un hombre enérgico que ocupaba un puesto importante en la administración. Su talante soberbio le llevaba a hacer creer a cuantos trabajaban junto a él que le debían sus puestos o sus ascensos; en definitiva, coleccionaba deudores temerosos de su poder. Sin embargo, aquella extraña mañana, cuando retozaba entre las sábanas, intentando atrapar el desconcierto que le invadía para someterlo a su voluntad, para aniquilarlo sin más, descubrió el cuerpo de una mujer dentro de su cama. Espantado, palpó el colchón impulsado por la ansiedad de averiguar de dónde salía aquél cuerpo y hasta dónde llegaba. Encontró los pies, que eran terreno neutral, y avanzó; las piernas eran normales, la cadera había engordado un poco... empezó a sudar angustiado. Encontró una cintura redonda y delgada que no le era familiar , pero cuando llegó al pecho gritó; inmediatamente acudió al sexo: no estaba, allí no había nada, ¡había desaparecido!. Saltó de la cama y corrió en busca del espejo; en lugar de su rigurosa calva encontró una espléndida mata de pelo rubio que le llegaba hasta los hombros. Buscó entre los rasgos de su rostro alguno que le recordara a sí mismo, pero no halló nada. Los ojos tenían otro color, sus labios finos ahora eran gruesos y amables, sus pómulos se marcaban con una redondez delicadamente femenina, su narizota se había vuelto pequeña y tenía la punta fría. Se pellizcó varias veces para despertar, se abofeteó la cara, se golpeó el cuerpo; le dolió pero no despertó. No estaba volviendo de ninguna parte, estaba cautivo en otro cuerpo.
Envuelto en una extraña nebulosa, que obedecía a un profundo estado de confusión, Gregorio Samsa recorrió la casa intentando reconocerla. Entró en la cocina y encontró todo en orden. Se dirigió a la biblioteca pero, al pasar casualmente por delante de la consola del recibidor, un impulso irrefrenable le hizo retroceder para mirarse en el espejo otra vez. Se vio de cuerpo entero y entonces descubrió que la atractiva mujer que se reflejaba ante sí era Petra, su secretaria. Se miró, se estudió el rostro durante largo rato; se frotó los ojos intentando liberarlos del espejismo, pero no obtuvo ningún resultado; no daba crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Cómo iba a presentarse en la oficina de ésa guisa? De pronto oyó la puerta de entrada que se abría: era Gertrudis, el ama de llaves. Corrió a encerrarse en la biblioteca, nadie podía verle así. Gertrudis no le echaría de menos puesto que cuando ella llegaba normalmente él ya había salido; ni siquiera desayunaba en casa. Consternado e impotente se dejó caer en un sillón junto a la chimenea y hundió la cara entre las manos; así permaneció durante algo más de una hora, con la mente vacía, impasible, derrotado. Los ruidos de Gertrudis ventilando habitaciones le hicieron volver en sí. Le obsesionó la idea de que intentara entrar en la biblioteca. Se aproximó sigilosamente hacia la puerta y pegó el oído, espió los pasos: se acercaban. El ama de llaves movió la manivela para entrar y Gregorio sintió un estremecimiento cercano al terror. Notó como si un centenar de agujas de hielo se le clavaran en el pecho y alteraran el ritmo de su respiración, paralizándola. Tuvo que retroceder hasta la mesa y apoyarse para no caer. Vaciló un instante y volvió a su cuerpo; lo abultado de su pecho le impedía ver su voluminoso estómago, al que estaba tan acostumbrado; es más, aquella prominencia ya no existía. No había duda, era una mujer; la identidad, la recordó al instante. El desasosiego que sentía y la impotencia de no poder hacer nada le hicieron romper en un sollozo, que hubo de reprimir al instante para no despertar la curiosidad del ama de llaves. Ni siquiera podía abandonarse al desahogo del llanto. Todo su poder, el cual ejercitaba con sumo placer, no servía para nada. Estaba atrapado en un cuerpo que no le correspondía y nada podía hacer para remediarlo. Pero, ¿por qué? ¿Era una broma cruel? ¿Un castigo tal vez? La palabra cruel le detuvo de pronto dejándole a la espera del siguiente pensamiento. “Cruel”, repitió en alto como si se hubiera extraviado el significado. Espantado, percibió el eco de una voz femenina, de contralto, la voz de Petra.
Gregorio Samsa, en traje de dormir, comenzó a dar vueltas por la habitación. Tropezaba con los muebles pero no se percataba, éstos no alteraban el impulso incontrolable de su ansiedad. Sobre la chimenea descansaba un marco de plata repujada con una fotografía suya, en la cual posaba con actitud de triunfador. Se acercó, la miró unos instantes y de un manotazo la estrelló contra el suelo. La estampa de la foto, debajo de los cristales astillados, le sugirió la escena de alguna película de los años cincuenta. Intentó sobreponerse a la situación. Quizá podría llamar a alguien; pero, ¿a quién? ¿Quién iba a creer lo increíble? Estaba solo, completamente solo.
Por su mente empezaron a circular frases antiguas, rescatadas involuntariamente de algún lugar de la infancia, tales como: “la resurrección de los muertos” o “la vida eterna”. Sorprendido por los pensamientos y recuerdos que estas palabras le traían empezó a divagar sobre si estaba muerto y se había encarnado en otra vida con forma de Petra. Pero, para qué dos Petras idénticas en el mismo mundo... ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿De qué me tengo que dar cuenta? Abrumado por tanta pregunta sin respuesta pensó en un laberinto cuya salida se encontraba en él mismo. Si hurgaba en su memoria y revisaba los acontecimientos relacionados con su secretaria encontraría la solución con toda probabilidad. Oyó que Gertrudis recogía para marcharse. Esperó unos minutos hasta escuchar el portazo. Cuando se sintió a salvo salió de la biblioteca y se encaminó hacia la cocina; cogió un vaso y la botella de whisky, y volvió a encerrarse. Buscó papel y pluma, llenó el vaso y se sentó en la mesa. Colocó el papel y escribió:
"19.. , año en que Petra llega a la oficina.
Apareció una mañana, sin que nadie la esperara, dejándonos a todos con la boca abierta. Había solicitado el puesto una decena de veces, pero yo siempre se lo negaba; le había dicho en todas las ocasiones, "no haces falta". Aquella mañana en que Petra apareció venía de parte de H..., me quedé tan perplejo que no pude negarme. Sin embargo, me molestó porque esta decisión había partido de alguien con más poder que yo. Dado que la primera noticia de que el puesto estaba adjudicado la trajo ella misma, no se me ocurrió otra cosa que gritar y enfurecerme como si la pobre tuviera la culpa; intentó explicarse pero no la dejé hablar. Yo sabía perfectamente que no era responsable, pero continué reprendiéndola por el mero placer de resarcirme del agravio de H... Después le encomendé una mesa y una tarea, lejos de mi despacho para no verla ya que no tenía nada que agradecerme; en el fondo de mi alma debo reconocer que esto era lo que más deseaba.”
Gregorio Samsa, ante este episodio, dejó de escribir. Recordó inmeditamente la indiferencia con que trataba a Petra las primeras semanas, no le encomendaba tareas concretas ni le daba instrucciones precisas acerca de nada. Lo más sorprendente era que Petra estaba feliz, o lo parecía; y esto aumentaba su irritación. Intimó con este recuerdo e involuntariamente dejó caer la pluma al suelo. Los sentimientos regresaban y los revivía. Acalorado, se revolvió en el sillón y, por fin, se levantó. Se despojó del batín y comenzó a dar vueltas por la habitación, perseguido por la imagen sonriente y feliz de Petra. Siempre le había parecido muy atractiva. Es más, cuando transcurridas unas semanas en que él no había dejado de contemplarla en secreto, desde la más obstinada indiferencia, le había ya asestado alguna que otra humillación pública, y todo el personal de la oficina había quedado convencido de que la detestaba profundamente, Gregorio tuvo que reconocerse que la muchacha le atraía, le gustaba.
Entre tanto, Petra observaba, y en el fondo se percataba de todo de forma intuitiva; porque alguien que se molesta tanto en crear esta clase de fastidio en realidad intenta sacudirse una molestia más grande. Para tratarse de una venganza contra H..., tres meses de humillaciones era demasiado tiempo. Sin embargo, la secretaria no tenía una sola prueba sobre la que sustentar sus sospechas; su única salida era actuar con normalidad, como si nada sucediera y por supuesto no perder los estribos mientras pudiera.
Gregorio Samsa, ajeno a las certeras impresiones de Petra, no se explicaba que ésta no reaccionara ni se defendiera. Por lo general, su estrategia siempre le había dado el resultado deseado, aunque, de cualquier forma, tratándose de una simple secretaria y siendo él un jefe provincial, la cosa estaba clara: ella quedaba por debajo de él en todos los aspectos: cultura, educación, posición social y económica. Esta reflexión le valió para convencerse de que no tenía nada que temer. Petra, tarde o temprano, se rendiría a él; solo era cuestión de deleitarse atrayéndola poco a poco, y arrancarla definitivamente de ése mundo suyo de tranquilidad sonriente, que él mismo podía ofrecerle. La empresa cada vez le resultaba más atractiva y encaminó sus deseos a conseguirla.
Un día, Gregorio decidió instalar a Petra en la antesala de su despacho. Lejos de lo que él había supuesto, la secretaria lo aceptó con absoluta normalidad, sin demostrar que se sentía honrada por el supuesto "ascenso". Trabajó en lo que se le propuso sin más. El jefe esperó durante un tiempo alguna muestra de agradecimiento o de simpatía; pero pronto cayó en la cuenta de que tal demostración no surgiría jamás, porque en el fondo sabía que no había nada que agradecer. Ese era en realidad el puesto de Petra y lo único que había hecho era tenerla relegada, encomendándole tareas anodinas.
Pasados unos meses, sin que la estrategia diera sus frutos, Gregorio se dio cuenta de que estaba obsesionado con Petra; tenía que arrancar alguna reacción, alguna señal. No podía apartarse de ella; la reñía sin motivo, por tonterías y generalmente en público. La secretaría sufría, él lo notaba, pero jamás se enfrentaba. Al fin comprendió que la amaba, que tenía que ser suya como fuese. Con unas pocas indagaciones, Gregorio se enteró de que Petra estaba casada con otro funcionario del mismo departamento. De pronto lo vio todo claro. Estaba enamorada de su marido. Pero él era el jefe, tenía más poder, más que ofrecer. Sintió un gozo infinito. No podía haber placer mayor que arrebatar de los brazos de otro hombre a una mujer enamorada. En este punto, Gregorio volvió a la mesa, donde había dejado el papel con las líneas que había escrito. Las leyó despacio. Le invadió una profunda sensación de melancolía, que venía precedida de la nostalgia que le estaban provocando los recuerdos. Sintió que su amor por Petra crecía, que la deseaba todavía más, que tenía la imperiosa necesidad de verla, de tocarla. Deseó sus ojos frágiles e inseguros, ¿cómo no se había dado cuenta? Petra era sensible. Había tenido la oportunidad de exprimir su corazón delicado con amabilidad y de extraer la sonrisa de aquél rostro que tanto le agradaba, y sólo había sido capaz de despertar en ella desdicha e indiferencia. Un día incluso la había hecho llorar; y en vez de sentir compasión se había sentido poderoso porque podía jugar con los sentimientos de ella; veía que de alguna manera podía dominar su estado de ánimo. Sin embargo, Petra había sabido protegerse de sus embestidas, consiguiendo que sus intenciones no la importunaran demasiado. De modo que, un día, decidió trasladar a su marido a la misma oficina: humillándole a él, Petra podría elegir.
De pronto, Gregorio recordó que se alojaba en el cuerpo de ella. ¡Tanto lo había deseado! Y, ahora lo tenía tan cerca... Salió de la biblioteca y corrió en busca del espejo. Cuando lo tuvo cerca se aproximó despacio temiendo que el reflejo de Petra no estuviera allí cuando se asomara. Sintió un estremecimiento, una combustión interna, un vuelco en el corazón. El deseo ardía con tal intensidad que se transformaba en angustia. De nuevo sintió las punzadas de hielo que le ahogaban. Aterrorizado, acercó las manos al pecho buscando alivio, pero no se atrevió a tocarlo. Encendió la luz para ver bien la figura. Después caminó hasta encontrarse con la ella, como por casualidad. El cuerpo de Petra se erguía dentro de un pijama de hombre, que le venía grande, aunque sus formas eran inconfundibles. Gregorio se aproximó al cristal y estudió la cara; en los ojos brillantes y febriles encontró, dilatándose, el germen del miedo. Compadecido, apoyó la mejilla sobre la imagen que chocó con la suya; cerró los ojos, buscó los labios y besó a Petra en sí mismo. El contacto frío le volvió a la realidad obligándole a separarse; la forma de los labios había quedado estampada en el aliento cuajado sobre el cristal. Pero, tenía su cuerpo. ¿Qué más podía esperar? Lo poseería sin reservas, sin resistencia. El placer que ambicionaba sobre el cuerpo tan deseado estaba al alcance de sus manos, de sus ojos, de sus sentidos, cautivo bajo la piel de Petra, que ahora era la suya. En esta prisión involuntaria hallaría cuanto ansiaba. Se alejó del espejo hasta contemplar la figura por entero. Despacio, empezó a desabrochar la chaqueta del pijama; sus ojos se arrastraban por el cuello, resbalando hacia el escote que empezaba a nacer bajo sus dedos temblorosos dispuestos a gozar. Su corazón empezó a latir, provocándole una presión intensa que ascendía hasta la garganta. Entonces tomó conciencia de la violación del cuerpo de Petra y del amor que sentía por ella. No, no tenía ningún derecho a culminar sus propósitos; no podía gozar de un cuerpo que no era suyo, que lo había encontrado prestado, traído por su obsesión, y que lo amaba profundamente; ni siquiera tenía derecho a contemplarlo. Sintió crecer la angustia de la decisión que acababa de tomar, pero esta vez le liberaba la mente. Entonces corrió a la biblioteca, cogió un sillón y lo colocó frente al espejo. Extenuado se sentó y contempló los ojos sin fondo del rostro de Petra; esperaría así a que pasara la enfermedad. De pronto sintió que su pecho se sosegaba y notó en su ánimo un pequeño brote de felicidad; no cambiaría nunca, estaba seguro, el amor es así: bueno y malo.
Al día siguiente, el ama de llaves encontró el cuerpo rígido de Gregorio Samsa, en pijama, sentado en un sillón en la biblioteca, con las manos crispadas sobre el pecho, los ojos vacíos de la muerte y un lamento esculpido en los labios. Nadie le oyó gritar. Nadie le amaba. Había sufrido un infarto fulminante.

16 mar. 2007

Poema de T. S. Eliot


CUATRO CUARTETOS


El conocimiento Impone una estructura, y falsifica,
pues la estructura es nueva en cada momento
y cada momento es una nueva y chocante
valoración de todo lo que hemos sido.
Sólo nos desengañamos
de lo que, engañando, ya no podría hacer daño.
En medio, no sólo en medio del camino
sino en todo el camino, en un bosque oscuro,
en una zarza,
en el borde de una ciénaga, donde no se puede hacer pie,
y amenazado por monstruos, luces fantásticas,
a riesgo de quedar encantado. No me hagáis oír nada
sobre la sabiduría de los ancianos, sino más bien
sobre su locura,
su miedo al miedo y frenesí, su miedo a la posesión,
a pertenecer a otro, o a otros, o a Dios.
La única sabiduría que podemos esperar adquirir
es la sabiduría de la humildad:
la humildad es interminable.
Las cosas han ido todas a parar bajo el mar.
Los que bailaban han ido todos a parar bajo el cerro.

15 mar. 2007

Epidemia de Inteligencia


La conciencia humana me sorprende. Sin conciencia no tendríamos inteligencia. La conciencia es la capacidad de darse cuenta y la inteligencia, la capacidad de proyectar. Tras meditar un rato, no estoy segura de si se están usando bien estos dos términos, conciencia e inteligencia, dado que sus aplicaciones están en entredicho. Lo habitual en los tiempos que corren es hacer una crítica de todo aquello hacia lo que nos ha conducido a los humanos el tener conciencia: el mundo que hemos creado, que a tantos nos disgusta. ¿Una moda más?
Se maneja la palabra estupidez humana con tal alegría… Y se habla del fracaso de la inteligencia, no para intentar arreglar algo sino para dar a conocer que no se forma parte del gremio desprestigiado, el de los estúpidos.
Y pensar que hace un tiempo, la estupidez era un término acuñado únicamente por sabios; ahora es común en los avispados, en los ignorantes carentes de pudor.
De la sobada teoría, se deduce que los afectados de estupidez (no saben que sufren tal enfermedad) padecen un estado de micro lucidez. Mientras que los afectados de inteligencia (creen que la sufren) padecen de visión mega clara.
Me aburren las revistas y los periódicos. No solo eso, no, muchos debates, también. El mundo empieza a convertirse en un sitio aburrido. Produce desaliento ver utilizar el término inteligencia con tan poca virtud, con tan poca, precisamente, inteligencia. Me produce escalofríos la palabra estupidez pero, llegados a un punto, hay tanto inteligente suelto que me complace arroparme con ella; al menos, la estupidez no ondea bandera. Y al haber tanto inteligente suelto, cada vez hay menos estúpidos. La inteligencia es como una epidemia.
Los humanos somos especialistas en crear fronteras, líneas divisorias, bandos: los buenos y los malos; los fachas y los rojos; los estúpidos y los inteligentes. Bandos ejecutores, polos opuestos, dañinos.
Hace unas semanas abrí un tercer blog. Y titulé el post de presentación así: “Venerable Anciana: La Vida”.
No hice una presentación convencional, desde luego. En el último párrafo escribí:
"El pensamiento es la forma más ingeniosa de añadir una dimensión extra a la jaula que nos contiene: el Universo. Mi único deseo es que la Anciana no se haya equivocado.”
La palabra esperanza, para mí carece por completo de sentido. Pero… Siempre hay un pero, claro, y en este último párrafo mostré una tentación irresistible… de Esperanza, que no tiene relación con su sentido habitual:
-Si no comprende la Realidad, no se preocupe… es solo el camino hacia ella-, leí en alguna parte.

Nadie sabe lo que es la conciencia, pero se manifiesta en las cualidades que derivan de ella. Tampoco se sabe lo que es la realidad, e igualmente se manifiesta en las cualidades que percibimos de ella. De modo que no sabemos nada. Somos unos perfectos ignorantes, unos estúpidos. ¿Dónde están entonces los motivos para hinchar pecho?
Creo que hay demasiados motivos para ser prudentes, para ser humildes.
La humildad es quizá la única virtud que nos habría garantizado un futuro adulto.
Pero los boletos de la Gran Tómbola están prácticamente agotados.
Saludos desde la Enterprise.

11 mar. 2007

Covadonga.

Los textos que presento aquí son dos fragmentos que hacen referencia a la Batalla de Covadonga y están narrados por dos cronistas cuyas versiones no coinciden en absoluto. Traigo, por lo tanto, dos versiones, una musulmana y otra cristiana.
Los cronistas eran personas cultas; pero estaban vinculados con los soberanos que ejercían el poder. Sus relatos, muy a menudo, enaltecen hechos con objetivos diversos, divulgación de las proezas o hazañas de sus monarcas, legitimar su poder, etc., y es necesario incluir en ellos toda suerte de fabulaciones que se alejan completamente de la realidad. Así, cronistas de distinta procedencia, narran una misma realidad de muy diferente forma.
Creo que son dos piezas muy curiosas e interesantes –todavía pueden reportar alguna enseñanza-, que no están exentas de hacer gracia.
Os ruego a todos los que paséis por aquí, que me disculpéis si el post os parece muy extenso.

Primer fragmento.
(…) Cuentan algunos historiadores que el primero que reunió a los fugitivos cristianos en España, después de haberse apoderado de ella los árabes, fue un infiel llamado Pelayo, natural de Asturias (…)
(…) Dice Isa ben Ahmad Al-Razi que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierra de Galicia un asno salvaje llamado Pelayo. Desde entonces empezaron los cristianos de Al-Andalus a defender contra los musulmanes las tierras que aún quedaban en su poder, lo que no habían esperado lograr.
Los islamitas, luchando contra los politeístas y forzándoles a emigrar, se habían apoderado de su país hasta llegar a Ariyula, de la tierra de los francos, y habían conquistado Pamplona en Galicia y no había sino quedado la roca donde se refugió el rey llamado Pelayo con trescientos hombres. Los soldados murieron de hambre y no quedaron en su compañía sino treinta hombres y diez mujeres. Y no tenían que comer sino la miel que tomaban de la dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y al cabo los despreciaron, diciendo: “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?
En el año 133 murió Pelayo y reinó su hijo Favila. El reinado de Pelayo duró diecinueve años y el de su hijo dos. Después de ambos reinó Alfonso, hijo de Pedro, abuelo de los Banu Alfonso, que consiguieron prolongar su reinado hasta hoy y se apoderaron de los que los musulmanes habían tomado (…).
AL-MAQQART: Kitab Nafh al-Tib.

Segundo fragmento.
Pelagio dijo: “Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos (…) confiado en la misericordia de Jesucristo, desprecio esa multitud y no temo el combate con que nos amenazas. Tenemos por abogado cerca del Padre a nuestro Señor Jesucristo, que puede librarnos de esos paganos”. El obispo, vuelto al ejército, dijo: “Acercaos y pelead. Ya habéis oído cómo me ha respondido (…)”
Por su parte ahora el ya predicho Alcamam mandó comenzar el combate y los soldados tomaron armas. Se levantaron los fundíbulos, se prepararon hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraban las magnificencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Santa Virgen María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como Dios no necesita las lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los cristianos salieron de la cueva para luchar con los caldeos; emprendieron éstos la fuga, se dividieron en dos destacamentos, y allí mismo (…) murieron ciento veinticinco caldeos.
Los sesenta y tres mil restantes subieron a la cumbre del monte Auseva y por el lugar llamado Amuela descendieron a la Liébana. Pero ni éstos escaparon a la venganza del Señor; cuando atravesaban por la cima del monte, que está a orillas del río llamado Deva (…) se cumplió el juicio del Señor; el monte, desgajándose de sus cimientos, arrojó al río los sesenta y tres mil caldeos y los aplastó a todos (…)
Crónica de Alfonso III (versión rotense)
Edición de A. Ubieto, Valencia, 1971.

Lo cierto es que, tras el análisis de los historiadores, las nieblas se disipan. ¿La verdad?, puede que nunca se esté seguro de ella, pero todo apunta a que la realidad fue muy distinta. Covadonga no tuvo nada que ver con los ideales de unidad y defensa del cirstianismo; fue obra de tribus poco romanizadas que defendieron su modo de vida y su organización social.
Estoy segura de que sabréis apreciarlas y habréis disfrutado de estas letras tanto como yo.

Saludos desde la Enterprise.

8 mar. 2007

El Abrazo de los Desterrados

La pieza era pequeña, dos pasos por tres y medio. Suficiente para tirar un colchón en el suelo y poner dos caballetes con un tablón encima. Los libros quedarían por el suelo; no se irían a ninguna parte. La ropa, cuatro miserias mal contadas, en la mochila. Una ventana rectangular, pegada al techo; a esa distancia, un tragaluz inalcanzable.

El edificio era una maravilla, un antiguo tribunal de la Inquisición rehabilitado recientemente que olía a nuevo. Había más piezas en el ático, como la mía, pero estaban vacías. En realidad eran trasteros que los dueños de los pisos de abajo alquilaban por muy poco dinero: doce mil pesetas al mes. El baño era otro trastero modificado, pegado al mío.

Nina llegó un mes después. Una noche oí gemidos en el baño. Me despertaron. Una chica de mi estatura se estaba lavando la sangre de la boca. Se tambaleaba. Pasé su brazo izquierdo por mi cuello y la ayudé a lavarse. Nina rompió a llorar. La conduje hasta mi cuarto y le sequé la cara, el escote, los brazos; estaba empapada y seguía aturdida. Le costaba hablar. Nina era argentina.

Cuando la acompañé a su pieza, el paisaje del pasillo la traicionó de nuevo. Entre sollozos la ayudé a cambiarse de ropa. Luego la ayudé a subirse a la cama, un colchón sobre un altillo de madera rústica que llegaba hasta la ventana del techo y daba a la calle. Nina estaba dormida, cuando soñó que la perseguían; se tiró de la cama, algo a lo que se había acostumbrado en Argentina. Al cogerle un brazo para taparla, se estremeció:
-me he roto una costilla. No se puede hacer nada. Se curará sola.
La miré preocupada.
-Quedáte tranquila; estudio quinto curso de Medicina. No tengo nada por ahí dentro pinchado. Lo he visto muchas veces.
Me quedé con ella toda la noche, sentada en un sillón de director de cine.
La luz inundó la habitación y me despertó. Nina dormía.
Salí a comprar el desayuno. Cuando regresé ya estaba despierta. No se había incorporado todavía.
-¡Desayuno sueco! ¿Cómo lo has adivinado? –exclamó.
Un tanto confusa, sonreí y me encogí de hombros. Pensé que estaba delirando. Se incorporó muy despacio.
-No te muevas –le dije-; subo todo esto y lo tomamos ahí arriba.
Había comprado croasanes, jamón de york y café con leche; mi desayuno favorito, el de los domingos. En mi pieza rellené los bollos con el jamón y preparé dos vasos. La cafetera con el café ya azucarado me la había prestado Carlos, en dueño del bar de enfrente. Y, también, una bandeja de acero.
Desayuno sueco. Siempre se aprende algo.
Nina me contó que era una refugiada política. Muchos de sus amigos habían muerto o “desparecido”. Había conseguido escapar de una muerte segura en Argentina y llegó a Suecia, donde aceptaban refugiados de la dictadura, y donde se les exigía ser licenciados o estudiantes universitarios para ser admitidos en el país. Nina había tenido mucha suerte. Pero la lengua y el clima… sobre todo el clima, y la ausencia de luz en invierno…
Acabó en España. Había llegado apenas hacía una semana.

Desde aquella noche nuestra vida ya no fue la misma. Nuestra misión en el mundo dependía de muchas cosas, pero las dos habíamos encontrado una buena causa, compartir y hacernos compañía. Formamos un equipo en la miseria más absoluta, que a veces soñaba que el amor, aunque fuese de unas pocas horas, podría arreglar algo cuando todo parecía estar ya perdido.

Un día, en el comedor de beneficencia conocimos a Óscar, un chileno que, como ella, era un refugiado político. Pasamos el resto del día, juntos. A media noche Oscar nos acompañó hasta casa. Nina y él se fundieron en un abrazo interminable. Los dos lloraban. Ambos acababan de encontrar una buena causa. Era el Abrazo de los Desterrados.

(Dedicado a Nina y a Oscar; a los desaparecidos, perseguidos o refugiados por motivos humanos e ideales políticos justos. Y, también, a todos aquellos que, por la causa que fuere, se sienten castigados, desterrados o están huyendo).

3 mar. 2007

Recetas de Vida: la caducidad de la experiencia.

Al acabar la cena, salí a la terraza a tomar el aire. El viento venía perfumado y cálido. Adela y Juan continuaron en la mesa, esperando el café, mientras apuraban un cigarrillo. Sus voces me llegaban por detrás, desde la estancia.
Me rendí al idealismo de figurarme en otros lugares. En mundos perdidos que solo existían en mis deseos. Las estrellas habían extendido sus dominios aquella noche, ¿por qué no iba a pensar en otros lugares? ¿Por qué no inventar formas de existir en otros moldes distintos a los conocidos aquí en la Tierra? Viaje a Vega, veinticinco años luz. ¿Por qué no? ¡No es tanto tiempo! Carl Sagan también lo imaginó.

Adela salió a la terraza. Venía encendida. Juan y ella habían discutido. No había oído nada, había estado tan absorta, tan entregada al sueño...

-¡Los padres no entendéis nada!
- ¿Por qué dices eso, Adela? ¿Qué ocurre?
-¿Qué va a ser? ¡Lo de siempre!

“Lo de siempre”. Cuánta razón tenía. Pero, la culpa era de ella, de Adela; con treinta años no debería estar ya en casa. La ciencia desfila victoriosa ante nosotros y, rápidamente, nos hacemos propietarios de sus avances; sin embargo nos cuesta dar el salto mental que nos instala en el futuro, con los hijos. Ellos son nuestro túnel del tiempo: desde el pasado hacia el futuro.

-Me puedes explicar lo que ha pasado, Adela. ¿Cómo ha empezado la disputa?
-¡Lo sabes de sobra, mamá! No me apetece repetirlo.
-Haz un esfuerzo, por favor, un resumen.
-Pues, lo de la experiencia y todo eso, ya sabes.

“Ya sabes”. Un amor grande y profundo no es suficiente. Al amor, muchas veces, le faltan razones. El amor, demasiadas veces, arropa. Cada vez que un hijo tiene un problema, los padres tenemos que educarnos. La edad, la perspectiva que proporciona el tiempo y los datos de la experiencia; con todo ello construimos patrones, recetas de vida, fósiles mentales. Tendemos a encajar los actos que a nosotros nos dieron resultado en el presente que viven nuestros hijos. Dos realidades difíciles de acoplar.

-Adela, quiero decirte una cosa. No juzgues a tu padre con demasiada dureza. Él intenta ayudarte, quiere lo mejor para ti.
-¡Quiere, mamá! ¡Quiere!
- Quiere se utiliza para muchas cosas, Adela. Él habla de deseos, de lo que desea para ti. Baja de tu castillo de modernidad e intenta comprender. No te está imponiendo nada; solo habla de lo que conoce; no puedes condenarle por eso.
-Resulta difícil, mamá.
-Escucha, Adela. Entre nosotros y tú hay una distancia muy grande, nos unen unas cosas pero nos separan otras. Cuando te damos un consejo te estamos entregando un modelo, lo que nosotros vivimos cuando estábamos en tu lugar de ahora. Esos consejos son patrones que nos han funcionado y con respecto a ti pueden estar caducados; nuestra vida ha rodado sobre ellos y la tuya, hasta ahora, también. Tienes la vida resuelta y tu problema es la comodidad, no nos pidas ese sacrificio. Hablar, intercambiar pareceres… ¡Perfecto! Pero, intentar convencer por la fuerza…, hacer una imposición ideológica es una exigencia que nos haces porque para tí las cosas solo pueden ser como las concibes ahora. Si te das cuenta, demuestra la misma rigidez de la que nos acusas. No necesitamos tener una mente que se abra con la rapidez de la tuya, porque nuestro mundo ya es distinto del tuyo. A estas alturas, nuestros anhelos empiezan a cumplirse y lo que necesitamos es soñar sin demasiadas preocupaciones. Nos renovamos de otra forma y queremos vivir el tiempo que nos queda marcando nosotros el ritmo.

Al día siguiente, Adela se fue de casa. Salió para construir un futuro que solo a ella pertenecía. Por primera vez en muchos años, sentí alivio.
Esa misma noche, Juan y yo cenamos en la terraza.

-¿Sabes una cosa, Juan?
- Sorpréndeme...
-Tendríamos que actualizarnos.
- No tenemos tiempo de educarnos, querida. El viaje a Vega dura veinticinco años y despegamos dentro de una hora.

2 mar. 2007

Luna Púrpura


Mañana, día 3 de Marzo, la Luna nos brindará un discurso nocturno.

Desde las once menos cuarto de la noche, hasta la una de la madrugada, podremos ver un eclipse total. Durante su máximo, la Luna tendrá una tonalidad rojiza.

Nuestros ojos se reunirán allí, donde se fraguan los sueños.

Felices sueños.



Maestro en existir.


Cuando el ser humano provoca una catástrofe con fatales consecuencias se enuncia la fórmula general, “el hombre es su peor enemigo". Cuando esta concepción se individualiza, uno puede decirse a sí mismo: soy mi peor enemigo.
La frase conduce a reflexión y me inclino a pensar que es un sentimiento sano y lúcido que nos mantine buscando nuevos sentidos a nuestra existencia.
Los humanos contamos con la facultad de la interiorización, tenemos la sensación de “llevarnos puestos”. Tenemos conciencia de nosotros mismos. Y el tener capacidad de pensar en nosotros mismos hace que topemos con unos límites naturales. La supervivencia nos obliga al trabajo, necesitamos desesperadamente la convivencia con los demás, etc.
Además, existen otros tipos de limitaciones adquiridas, que nos oprimen como fajas y que nos arrebatan la paz. Son actos, criterios, reflexiones, modos de vida, etc., basados en usos convencionales, que la fuerza de la costumbre -ver, hacer y ver hacer- nos impide analizar e identificar. No deberíamos tener reparos para reconocer que hacemos muchas cosas sin saber por qué las hacemos. Vivir no es fácil para nadie.

En definitiva, el ser humano sabe que existe, “cree” que todo esto tiene un propósito y es el único animal que sabe a ciencia cierta que va a morir. Quizá sean estos los motivos principales por los que entra en conflicto con tanta facilidad y frecuencia, a lo largo de su vida.
Está claro que cada persona tiene su forma de ser y se encuentra avalada por el conjunto de sus experiencias. Pero tarde o temprano, aquélla que es inquieta y exigente entra en crisis; no se conforma con las cosas tal y como están, ni tan siquiera consigo misma.
Creo que no hay ningún método concluyente para superar las crisis. Sin embargo, la felicidad está a la venta. Nos venden libros para ser más felices, nos venden psicología, disciplinas físicas, músicas, etc. Y se nos intenta vender todo esto porque lo verdaderamente cierto es que la insatisfacción está a la orden del día, es la nota común. En realidad, lo que la mayoría de las personas quiere son remedios fáciles y rápidos para poder permanecer a gusto y sin sufrir dentro de la cárcel en la que están inmersos. Esto, se ha convertido ya en "lo normal".
Los modos corrientes de encontrar calma son solo parches para disfrazar el desencanto; son paliativos que producen alivio temporal. Sus efectos caducan porque lo que se busca es “escapar”y no llegar al fondo de las cosas. Hay mucha prisa por adquirir la felicidad, aunque ésta sea postiza: felicidad artificial.
Comprender quiénes somos es una tarea para toda la vida; es una labor que requiere un esfuerzo diario. No se es maestro en existir. Estamos cambiando constantemente. Cada día que nos levantamos somos un novato que ha de afrontar cambios. Si los cambios son muy pequeños, la lección que aprendimos ayer, si no somos exigentes, todavía nos podría valer hoy. Pero la inevitable intromisión de un parámetro diferente, por muy pequeño que sea, alterará el resultado y afectará a nuestro grado de satisfacción. Podemos resolver muchos problemas de física de un determinado tipo y decir, “todos son iguales”. Y en realidad no es así. Puesto que cada problema incluirá una pequeña variación, tendremos que abordarlo con los mismos conocimientos necesarios para resolverlo, pero como si fuera la primera vez que lo vemos, como un problema único. En la vida no sucede de forma diferente; tenemos referencias que ayudan y debemos pararnos a pensar cada poco, porque cada instante es único.
Nadie sabe más de nosotros, que nosotros mismos. Pero hay que armarse de paciencia y valor para hacerse las preguntas correctas.