28 feb. 2007

El Hechizo del Caos.

Caos, mariposas y poetas... Y Refranero.

¿Me miras incrédula, tú, Poesía?

Caos.

Qué palabra, caos; y qué idea. La utizamos tan amenudo... ¡Hasta en el arte! La aplicamos a todo lo que implique representar desorden o desconcierto. Pero, lo cierto, es que dentro del caos se puede hablar de orden. Qué curioso, ¿no?
Como no puedo parar de pensar -como todo el mundo, claro- un día me dije que, ya que la utilizo y la oigo tanto, por qué me iba a limitar a usarla sin más y sin conocer algo más concreto sobre ella. De modo que empecé a buscar. Entre los libros que tengo en casa, hay muchos de física; pero aquí estaba muy complicado enteder algo sobre el caos. Gráficas, muchas gráficas.... y un lenguaje bonito porque lo adorno con la imaginación de lo común, de lo ya familiar.

Puesto que el Caos encuentra aplicaciones muy humanas, pensé que dónde mejor para buscar, que en un libro de filosofía. Y, en efecto; ahí encontré algo al alcance de mis entendederas.
Resulta que, no hace demasiado tiempo, en 1961, un meteorólogo llamado Edward Lorentz se encontraba estudiando el desarrollo del tiempo y los vientos. Para ello utilizaba un ordenador en el que iba introduciendo valores. Con el fin de simplificar los cálculos, a la cifra 0.506127 le suprimió los tres últimos decimales y dejó que la máquina trabajase. Al cabo de una hora comprobó que esta insignificante variación había provocado un resultado totalmente inesperado.

El buen meteorólogo concluyó que pequeñas variaciones métricas tienen repercusiones enormes en el resultado final de un proceso; hasta tal punto, que el proceso resulta impredecible.
Por pura casualidad había descubierto los Sistemas Caóticos, los presididos por el Efecto Mariposa.
Esto del Efecto Mariposa, ¡me encanta! Hasta hay una película que se apoya en este concepto para desarrollar su argumento.
Hay que mencionar a Newton, porque ya se había dado cuenta de la existencia de los procesos caóticos en las interacciones gravitatorios; pero ésa es otra historia.


Mariposas.

He oído que un beso produce un efecto en el estómago: vuelo de mariposas.


Lorentz dio una conferencia con este título: Carácter predecible: ¿puede el batir de las alas de una mariposa de Brasil provocar un tornado en Texas?

La conclusión es:
- que la predicción solo puede llevarse a cabo en términos probabilísticos. ¡Vaya chasco para los magos del tiempo!

-y que el carácter determinista de un proceso no garantiza su predictibilidad. ¿Quebradero de cabeza para filósofos?


Poetas.

¿Cómo? ¿Improviso? Pero… ¡Si yo no soy poetisa!

Un techo de nubes avanza,
en rota formación
de cuerpos lenticulares
con reflejos de plata,
sobre lienzo perlado
y pinceladas, aquí o allá,
de hebras y torundas en gris oscuro:
un cielo Caótico,
el cielo de otoño,
cargado de tintas
y hambriento de invierno.



Refranero

¿Sobre el Caos? ¡Con mil amores!!

Por un clavo se perdió una herradura;
por una herradura, un caballo;
por un caballo, un caballero;
por un caballero una batalla;
y por una batalla, un reino.


¡Cómo es el Caos! ¿Eh? Mete la cuchara en todas partes... Cosas de la Naturaleza: sus truquitos.
Chao, chao.

(Imágenes Google)

25 feb. 2007

El buscador de estrellas.

El Buscador de Estrellas. ¿Acaso no es una idea preciosa?
La palabra “astrolabio” proviene del griego; en griego, la palabra es muy complicada, y significa “el buscador de estrellas”.

Adoro la Grecia Antigua.

Existe una historia de un sirio llamado Ibn Khallika, del siglo XIII, que relata cómo nació este instrumento de forma casual.
Todo sucedió cuando el egipcio helenizado, Ptolomeo, se cayó de su caballo mientras sujetaba en una de sus manos un globo celeste. La montura, al caer, aplastó el globo dejándolo plano, y de esta manera nació El Buscador de Estrellas.


24 feb. 2007

Un Hombre del Futuro.

Primavera de 1987.

En el pueblo vive un hombre al que puede verse todos los días por la carretera que sube hasta el faro. El hombre va a pie. Con ambas manos sujeta una motocicleta que camina junto a él. Es de estatura pequeña, de vestido regular tirando a desaliñado y algo sucio. Los ojos…, los ojos, grandes, redondos como los de un niño, y tristes. La piel curtida y el pelo negro. ¿La edad?... No sabría decir: imprecisa, indefinida; o infinita, como si llevase una eternidad en la Tierra.
Pero su semblante no es triste. Es sereno. El hombre parece tranquilo, está en paz.
Todos los días, el mismo recorrido. Al cabo de un tiempo de cruzarme con él –yo en el coche, él a pie- empezamos a saludarnos con una alzada mutua de barbilla: el saludo local, el saludo paisano. Todos lo hacen aquí.

Verano.

Pregunto a la de Tasiuco, una vecina:
-¿este hombre... ?
Y me responde:
- “es el que se pasó de listo”.
Mis ojos la interrogan. La vecina se encoge de hombros:
-“sí, era muy listo y se pasó; se ha quedado así para siempre”.
Después me cuenta esto y aquello de él. Pero no la escucho. Solo me queda la imagen del hombre, asociada a la frase “se pasó de listo”.
-¿Tuvo un accidente?
- No.
-¿Bebe?
-¡No!
-¿Sufre?
-¡No, por Dios!
- ¿Entonces?
- Nada. Se pasó de listo. No puedo decir más.
Intuyo lo que quiere decir, pero no consigo dominar la idea. Se pasó de listo.
Insisto:
-¿Superó la velocidad de la luz y se le dilató tanto el tiempo que se le detuvo?
-No te entiendo.
-Y, quizá, entonces, Elquesepasódelisto ¿quedó atrapado en un presente distinto al nuestro e inaccesible para los demás?
Me río con guasa. Y la de Tasiuco, que me sigue la broma:
-¿Es eso el futuro?
Vuelvo a reír:
-Puede ser…Pero, ¿habla con alguien?
-Pues, sí. Lo justo. Es un hombre normal. Vive dentro de su cabeza, a su manera… Buena gente. No sé. Se pasó de listo.
-Ya entiendo; es un hombre evolucionado, un hombre del futuro, todo consciencia…
-Pues… sí, ahora que lo dices… puede ser eso de la nicotinencia, fuma mucho, sí,pero como el hombre habla poco… Se llama Ramón. Se lo conoce por Moncho.

Seis años más tarde.

Las campanas de la iglesia tocan a muerto. Ha caído Moncho. Lo han encontrado en la cama. Muerte natural. Como había vivido, sin hacer ruido.
Un poema de su puño y letra:

“Cerca ya de la muerte
y con el cuerpo consumido,
nunca he conocido a nadie
que el más leve suspiro
o aliento divino, escuchase.
Dios nunca pensó en mí.”

Y un epitafio para su tumba:

“Señor, no te ocupaste de mí.
Ahora, ya no me haces falta”.

El cura habla de Moncho sin haberle conocido. No le importa el epitafio; dice lo que dice el pueblo. Le alaba. No hay lágrimas. No hay más palabras que las del cura.
En la lápida, bajo su nombre, aparece la palabra “jardinero”. Desde aquí se alcanza a ver la ría: está subiendo la marea. Y me digo: solo el mar le llora.

20 feb. 2007

La Luna en directo.

La memoria abarcaba escenas y frases; luego, tomaba rumbo al jardín de la iglesia, donde revivía la última noche: aquellas pupilas del padre Anselmo, secuestradas por la desesperación. Su figura estaba postrada; su rostro, vencido.
En una ocasión me dijo que yo era un naturalista y un gran aficionado del ser. Y sin duda alguna, todo su esfuerzo, su fracaso, era una circunstancia enredada en mi fabricada afición.
Después de dos semanas repasando los acontecimientos ya no tuve ninguna duda sobre mi responsabilidad en la crisis del sacerdote. El peso de lo acontecido me apremiaba. No podía esperar más. Pero… me faltaba inspiración. ¿Qué le diría? Todo se venía abajo para volver a empezar. Sin embargo, un impulso me arrastraba; porque la Naturaleza permanece fiel a sí misma; ella abre un camino y no permite que nos detengamos por mucho tiempo.

El día antes de volver a verle subí con el coche arriba de Sucrelagua, en busca de aquél primer recuerdo balsámico, de cuando llegué. Volví para mirar la carretera estrecha que acunaba en cada curva un giro de la vida y un punto de teja rojo. Desde el alto observé el mar cubierto por un velo de nostalgia, la mía propia. Nadie está a salvo. Entre los viñedos y los almendros hallé el orden escalonado de una naturaleza cautiva. Así descubrí que la Naturaleza es la auténtica fugitiva: tiene que esconderse en rincones inexplorados para mantener su integridad. Encontré, abajo, el nido amueblado en la plaza... Y permanecí un buen rato en la cumbre, intentando acuñar la metáfora.

Pasé la noche elaborando un texto, que retuve en la memoria con la intención de llevárselo a don Anselmo por la mañana. A ratos, me levantaba del sillón y me iba ante el espejo para pelearme con el orgullo. Después, más aliviado, recordaba que la vida se inclina para recogernos y el hombre, en su escalada, se queda con el puesto de pésimo aficionado. No hay vuelta de hoja.
Hacia las seis de la mañana, crucé la plaza. Todavía no había amanecido. Una noche en vela me había aclarado las ideas.
Me detuve frente al patio de butacas: allí echaban la Luna.
¡Vaya película! Todavía se la podía ver, colgada de las profundidades, ajena a los desperfectos que había ocasionado.
El sueño de esta gente se me anudó en la garganta y adquirí una vaga conciencia sobre su peso. Caminé hasta el cementerio y entré. Me senté en un banco y encendí un cigarrillo. El cielo todavía era un borrón azul oscuro, deslucido en un extremo por siglos de albas.Pensé que el sol nos deja un cielo recién nacido, resplandeciente, pulido, sin esquinas. Entonces, imaginé el amanecer como el nacimiento de un niño, y me puse nervioso como el futuro padre al que le gotea un temor, o una culpa. No dejaba de ser chocante que me pusiera a pensar en recién nacidos, mientras intentaba aguantar el tipo rodeado de difuntos. La oscuridad me estaba cobijando. Porque la noche, aunque parezca sumergirse entre dificultades, se esfuerza, sin embargo, por devolver los votos de serenidad al comprometido silencio. Y al contemplarla bajo las estrellas, la conquista de soledad se vuelve intensa. Sólo el sol o la luna vienen con noticias. Eso es lo único cierto.
En el tinte provisional del cielo comprobé que me había quedado sin armas para sujetarme. ¿Había cambiado yo o había sido el mundo? La memoria me había fallado; no recordaba lo que venía a decirle al cura. Después, un esquinazo en el tiempo; un aplazamiento de la existencia bajo el plácido sueño.
El reloj de la plaza me acribilló el oído al dar las nueve. La realidad seguía su curso, se estaba moviendo, me llamaba; tomé la idea prestada y dócilmente la seguí.
Atravesé el cementerio y me acerqué hasta la iglesia. La cancela del jardín de la sacristía estaba abierta. Quizá, don Anselmo... o su hermana, olvidaron cerrarla por la noche.
Me arrastré lentamente hasta la zona de huerto para no ser descubierto.
Y, entonces, aparecieron las buganvillas.

14 feb. 2007

Sir Halley


El Papa Calixto III, en el siglo XII, excomulgó al Cometa Halley. Lo consideró un instrumento del Diablo.

Caratacus

Cuando Roma invadió Britania en el año 43, el siguiente paso que debía dar era la ocupación de todo el territorio y consolidar así su dominio.

No fue una tarea fácil, pues las tropas romanas encontraron un rival más que poderoso: Caratacus. Éste era el príncipe de una poderosa tribu, los catuvellaunos, que se oponía con ferocidad al dominio romano. Su aura de valeroso guerrero se extendió de tal forma que se convirtió rápidamente en el gran líder de la resistencia. Aunque, Caratacus, también se convirtió en la gran pesadilla de Roma.

En el año 50, en una batalla a campo abierto, el gobernador romano Ostorio Scápula consiguió derrotarlo y hacerlo prisionero. El príncipe, haciendo gala de su gran astucia, logró huir. No era la primera vez que se escabullía de las garras de Roma. Pero, en esta ocasión, fue traicionado por la tribu de los brigantes, quienes lo entregaron a la legión que lo condujo a Roma, donde había alcanzado ya mucha fama, para ser juzgado.

En la capital del Imperio, Caratacus fue llevado ante Claudio. Una vez más la astucia de este guerrero dejaría una huella definitiva en la Historia. Lanzó un discurso que le salvó la vida.

Dice así:

“Si vosotros los romanos escogéis gobernar despóticamente sobre el mundo, ¿debe deducirse de ello que el mundo debe aceptar la esclavitud? De haberme entregado enseguida, ni mi derrota ni vuestro triunfo hubieran devenido famosos. Mi castigo sería seguido por el olvido, mientras que, si salváis mi vida, seré un monumento duradero de vuestra clemencia”.

El emperador quedó impresionado. Tenía ante sí al más noble, valiente e inteligente guerrero, encarnado en un celta.
Claudio le perdonó la vida y le permitió vivir en Italia con su familia.

Y, colorín, colorado...

9 feb. 2007

Tomar posesión de una esperanza.

La noche en que le saqué de la plaza, me había mirado con ojos trastornados.
-Mire, padre -le recomendé-, vale más darles una lección de geografía, que sermones. No están atentando contra la Palabra de Dios; no son sacrílegos, son solo inocentes, pobres ignorantes. Si nos ponemos trágicos acabaremos saliendo en los periódicos de todo el país. Usted les sermonea y yo les llamo burros, pero ninguno de los dos conseguimos nada. Vamos a pensar que han sufrido un ataque de romanticismo y nada más.
-Pero... ¿no se ha enterado usted, don Eugenio? El alcalde ha reunido hoy al pleno del ayuntamiento para decidir si la luna es una radio o una piedra. Han concluido que es una radio, que tiene horario de trabajo y quieren adaptase a él. ¡Esto está yendo demasiado lejos!
Sus ojos se desorbitaban mientras gritaba:
-¡Han decidido escribir al presidente americano para preguntarle no sé qué cosas; y me han elegido a mí, para que les escriba la carta y la envíe! ¿Se da cuenta?
Tengo que reconocer que el asunto me sorprendía a la vez que me divertía. Pero sin duda era trágico, porque lo era para don Anselmo.
-Bueno -dijo luego el cura, intentando calmarse-; no digo que sean idólatras, pero el diablo se esconde detrás de esto, estoy seguro.

Dediqué mucho tiempo a librarme de la imagen de don Anselmo gritando ante una multitud de campesinos que se sentaba en la plaza, enredada entre patatas fritas, vino y una algarabía de feria. Pero no lo conseguía; daba verdadera lástima. Y yo no le ayudé nada.

Para esculpir en mi fuero interno el espacio que abarca mi afecto por este hombre, me llevo la mano al pecho y encuentro un mundo de tamaño incalculable. Por parte del cura nunca podré estar seguro, pero por la mía, siento que vacié mi corazón en el cuenco de sus manos. La prueba que Dios le había impuesto era una burla. Y consciente de que no existía tal prueba, me resultaba insoportable verle sufrir de esa forma.
Ya había contado con el fracaso, pero no como nos encontró a ambos. Una noche, antes de que empezara el espectáculo de la luna, me acerqué al jardín de la sacristía, con la única pretensión de evitar que el padre acudiera a la plaza. Le encontré sentado bajo su eterna higuera.
El me dijo:
-Todos somos hijos de Dios.
Y yo contesté:
-Sí, pero a Dios se le ha escapado el Oficio de la Luna.
-¡Basta! -gritó.
Me estrujó el brazo y me empujó hasta la cancela, que daba con el cementerio, para obligarme a salir.
-Cuando necesite su opinión se la pediré. Ego te absolvo, in Nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amén.
Las espinas de mis palabras habían ido arañado los pulidos contornos del corazón de don Anselmo.

Transcurrió una semana, durante la cual tuve las noticias que me trajo su hermana. La angustia ocupaba mis sueños y los trasladaba a otros rincones. Mi mundo se había encogido. Me acechaba una culpa que me atormentaba. Creí, con una lógica pesimista, que entre el sacerdote y yo había acabado todo. Intenté levantar un muro de razonamientos que nos separase. Necesitaba despegarme de su influencia, desprenderme del afecto que nos habíamos robado mutuamente. Pero olvidaba que de entre las enfermedades que acechan a la razón, una es el amor y la otra todo aquello que nos convence. Si el espíritu tiene cloaca, estas cosas deberían salir las primeras. Porque nunca podré comprender el extremo al que puede llegar la atrocidad humana cuando se ocupa en defender una idea.
Sobre el amor, prefiero no hablar.
Retomé los paseos por el campo y dediqué todo mi tiempo libre a pensar. Subía a la montaña, donde me sorprendía el ocaso contemplando los pasillos del cielo por los que se acercaba la luna. Y, noche tras noche, solo encontré una imagen velada de mí mismo. Nunca tropecé con el padre Anselmo. No obstante, supe que le había traicionado, que había provocado su fracaso. Mientras él vigilaba a Dios en su memoria, yo le había estado robando la fuerza que precisaba para su prueba, su cruzada.
Tras largas reflexiones, con mis razonamientos elaboré un resumen: yo era para él un hijo de Dios; y él para mí un fruto de la Naturaleza. Cuando él dicía: todos somos hijos de Dios; y, cuando yo afirmaba: cualquier forma de vida que brota sobre la Tierra es digna de Respeto, ¿acaso no estábamos hablando sobre lo mismo?
Poco después di con la respuesta.
Cualquier persona, sea cual fuere su procedencia y su mentalidad, puede darnos una lección de humanidad, y el cura me la había dado.
Al fin me tentó una esperanza: instalándome en la humildad comprendí que, el que ambas religiones, la suya y la mía, pudieran convivir, era un reto para la humanidad.

El ser humano: pionero de sí mismo.

Al leer una cita de Sacha Tsipotchkine se me ha desatado todo un torrente de ideas; ideas que normalmente residen en aguas mansas. Digo normalmente, porque cuando esto me sucede necesito hablar y escribir, y ni duermo ni como. Solo escribo. Y lo hago como una auténtica posesa. Por fortuna tengo con quién hablar y lucubrar a mis anchas. Me da que pensar: todos en esta casa estamos bastante pirados.
La cita, claro está, se me cuela y encuentra buen abono y excelente asiento para germinar. Es más, encuentra un lugar óptimo para establecerse y no parar. Así, cuando leo la cita –que es todo un pensamiento profundo- pienso, ¡claro!; y compruebo que añade más plumas a mis alas. Además, va y se mete en el sembrado de lo que esbocé el otro día en otro post de otro sitio, el las ideas de ida y vuelta, que la esperanza de coincidencia y la cura y consuelo de comprensión, a veces, se tornan angustia, tristeza, alegría…según, sin, so, sobre, trás; en definitiva, un ansia porque las ideas se corten en un punto que interpretaremos (subjetivamente, por supuesto, pero que para nosotros será casi universal) como “verdad”.
De modo que con la verdad hemos topado. Es muy frecuente oír en los intercambios de opinión “esa es tu verdad pero no la mía”. Y no hay nada más cierto: cada uno tiene “su verdad”, es decir su modo de comprender las cosas y de interpretarlas. Como los humanos necesitamos mucho los unos de los otros, apreciamos demasiado las coincidencias, o concordancias, como dicen los portugueses.
Por aquí me voy del tema principal, pero lo voy a hacer. Creo que al buscar coincidencias con los demás dentro de nuestra forma de pensar ganamos en compañía y entusiasmo pero perdemos en iniciativa. Es solo una opinión, desde luego, que trabaja conmigo desde hace algún tiempo. ¿Qué pasaría si nos arriesgásemos a quedarnos completamente solos con nuestras ideas? No digo permanentemente, claro; el trabajo en equipo hace que progresemos más rápido; es importante contrastar y todo eso. Pero ahora que no nos mandan a la hoguera por ser originales nos podemos permitir el lujo de serlo sin miedos añadidos. ¿No?
Vuelvo al sendero principal, el de la verdad, y pienso que creernos “en la verdad” es un atrevimiento necesario y peligroso. Por ejemplo, qué es para mí la verdad; pues cuando encuentro una idea que coincide plenamente conmigo misma, considero que “es verdad”. En realidad es “mi verdad”. Otro ha podido encontrar una idea de las mismas características que coincida plenamente consigo mismo, que le rellene sus correspondientes huecos de oscuridad y, sin embargo, nuestras interpretaciones no coinciden. Esto está a la orden del día. Y yo me digo: bueno, y aquí quién modera, quién gobierna. Y solo se me ocurre una cosa, la Naturaleza. Y entonces todo lo demás me parecen accesorios, artificios de una mente humana excesivamente joven, cuyas actividades y sugerencias nos vienen grandes.
Cuando surgió el género Homo, éste era un recién nacido; cuando adquirió la forma Sapiens alcanzó la primera infancia; cuando alcanzó el desarrollo sapiens sapiens, que es lo que somos ahora, se instaló en la adolescencia. Se puede decir que hemos alcanzado el siguiente estadio evolutivo, que es sapiens al cubo recentis, y que hemos llegado no por evolución natural sino tecnológica. Debo decir que las aplicaciones de la ciencia me encantan, pero en manos tan traviesas como las nuestras, sinceramente me asustan un poco.
En este estado de cosas, al no luchar en un medio natural sino artificial nuestra “humanidad” se ha extraviado bastante. Nos hizo humanos la evolución natural, la necesidad de que sobrevivieran individuos en medio naturales nuevos. Los que no mutaban favorablemente no sobrevivían; por lo tanto, solo se perpetuaron los genes de aquellos con novedades evolutivas favorables.
El camino filogenético por el que hemos venido los sapiens al cuadrado está casi perfilado. Pero por algún sitio se ha perdido “la humanidad”. Por eso me pregunto cada poco, qué demonios de valor encontró la evolución en la consciencia, en el pensamiento simbólico? ¿Cuál será el siguiente paso evolutivo? Somos una especie en equilibrio y estamos especializados. Hemos dejado de ser “generalistas” y nuestra evolución natural ha frenado en seco. Ahora es ya una evolución tecnoloógica.
Tengo desazón a veces, porque no voy a ver casi nada. Desde luego no quiero asistir al final que todo el mundo augura, pero sí me gustaría asomarme a… lo que intuyo, a la sustancia de la que está hecho mi sueño. Tengo pocas creencias, por llamar creencias a lo que yo creo, que no soy fiel a las cosas. Por esto me conformo con la duda. He incluido un resorte en mis engranajes mentales, a los que el corazón a veces no se suma, que me instala en la duda; sí, como Descartes, la duda, pero no para llegar a la verdad como esperaba él, sino para poder seguir hurgando en el ser humano que llevo puesto y esperándome desde aquí dentro.
Bueno, La cita de marras:
“El hombre ¡llegará un día! Un poco de paciencia, un poco de perseverancia: no faltan más de diez mil años… Hay que saber esperar, mis buenos amigos, y sobre todo ver en gran escala, aprender a contar edades geológicas, tener imaginación; de este modo el hombre se hace enteramente posible, incluso probable: bastará estar todavía presente cuando aparezca. Por el momento no hay más que rastros, sueños, presentimientos… Entretanto el hombre no es más que un pionero de sí mismo. ¡Gloria a los ilustres pioneros!”
La cita pertenece a “Paseos sentimentales a la luz de la luna”, que a su vez aparece en un libro del año 1962, de Romain Gary, “El Devorador de Estrellas.